sábado, 9 de mayo de 2009

Fraga y Carrillo, un pique de cine


Los políticos acuden por separado al estreno de un documental sobre sus vidas

Gregorio Belinchón - El País. Madrid - 07/05/2009



"Contaban chistes sobre el biquini como éste. Un guardia se acerca a una chica del norte y le dice: 'Están prohibidos en esta playa los bañadores de dos piezas'. Y la nórdica le responde: '¿Cuál quiere que me quite?". El chiste es el único momento de humor que Manuel Fraga -siete años ministro de Información y Turismo en pleno franquismo- se permite en el doble documental Últimos testigos. El único, dependiendo de cómo se tome la frase final en el filme del político gallego, que asegura, debido a su infancia en el Caribe truncada cuando su madre decidió que el trópico no era un buen lugar para educar a sus hijos: "Si nos hubiéramos quedado en Cuba, yo podría haber sido Fidel Castro".

Ayer, en la presentación de la película, testamento político y personal de la pareja, Manuel Fraga ratificó lo de Castro, pero no dio ni un respiro más. Y menos aún a su compañero de documental, Santiago Carrillo. Últimos testigos, que se estrena este viernes en Madrid y Barcelona, se divide en dos piezas: la primera, dirigida por José Luis López Linares, está centrada en el fundador de Alianza Popular, y la segunda, más larga y cinematográfica, ha sido realizada por Manuel Martín Cuenca y está protagonizada por el durante 42 años secretario general del Partido Comunista de España.

Ambos asistieron al encuentro con la prensa, pero de forma separada. Ni siquiera se cruzaron por los pasillos de la sede de la Academia del Cine, anfitriona de la proyección. En diciembre coincidieron en el programa 59 segundos y allí discutieron por un quítame allá aquel Paracuellos y la Memoria Histórica. En el Festival de Cine de Málaga, Carrillo, de 94 años, aseguró que había envejecido mejor que Fraga, de 86. La respuesta: "Él sabrá. A mí me han dicho que estuve mejor en 59 segundos; y yo he seguido en primera línea de la política y a él le expulsaron de Izquierda Unida. Da la sensación de que él no ha perdonado. Hemos tenido relaciones cuando había que tenerlas. No fui a Málaga porque estaba con la campaña gallega". Preguntado por el filme, aseguró que sólo había visto su parte, y con sentido cinematográfico. "Yo la emoción la tengo superada".

Santiago Carrillo, segundo en orden de comparecencia, replicó: "Yo no he dejado atrás la emoción. Me sigo apasionando como cuando tenía 19 años. Tengo una gran curiosidad por el presente y el futuro. En todo caso, admiro la capacidad de Fraga para no emocionarse. Hemos estado enfrentados toda la vida. Si habláramos de política saldríamos tarifando, aunque valoro que durante la transición atrajera al ámbito constitucional a un sector muy reticente. Para que envejezca bien, a Fraga el único consejo que puedo darle es que fume... y que deje de ser de derechas".

Tanto en la parte del documental centrada en su figura y titulada Carrillo, comunista, como en la rueda de prensa, el veterano político fue preguntado sobre su responsabilidad en la matanza de noviembre de 1936 en Paracuellos, cuando se evacuó a los presos de las cárceles madrileñas y de entre 2.500 a 5.000 fueron fusilados en esa localidad. Carrillo era miembro de la Junta de Defensa de la capital, al mando del general Miaja. "Ni di la orden, ni me enteré en su momento. Ni siquiera estaba bajo mi jurisdicción. En Madrid no había ni ejército y sí muchos desplazados con ánimos de revancha. Si tengo alguna responsabilidad, es la de no poder haber usado una varita mágica para haber impuesto el orden legal republicano". En la pantalla apunta un posible culpable, aunque pide no contarlo a la cámara. Manuel Fraga también se guarda otro secreto en el filme, pero en su caso lo desvela Manuel Milián Mestre, su mano derecha durante muchos años y guionista de la pieza: al gallego el rey Juan Carlos le propuso ser número dos del Gobierno de Adolfo Suárez. Fue la única vez que Fraga rechazó un cargo de poder.Carrillo: "Para que Fraga envejezca bien, le recomiendo que fume"

miércoles, 29 de abril de 2009

El Holocausto no es un espectáculo


Javier Rodríguez Marcos
EL PAÍS, 19 de abril de 2009

La lista original de Schindler ha dado la vuelta al mundo
Ahora, la memoria interesa
La recuperación del genocidio la inició la televisión


La lista de Schindler existe. Apareció hace 15 días en una biblioteca australiana entre los papeles de Thomas Keneally, autor en 1982 de la novela que Steven Spielberg convirtió 11 años después en la película sobre el Holocausto más popular de la historia. El descubrimiento del documento original, 13 páginas amarillentas con 801 nombres de judíos salvados de la muerte por un industrial alemán, dio la vuelta al mundo. Una muestra más del poder del cine a la hora de despertar el interés por la historia.

Los cines y las librerías se han llenado esta temporada de películas y libros sobre el genocidio judío y sus alrededores: el régimen hitleriano y la Segunda Guerra Mundial. Aunque el tema es ya todo un subgénero cinematográfico y literario, la trascendencia pública de filmes como El niño con el pijama de rayas (basado en un libro del que la editorial Salamandra lleva vendidos dos millones de ejemplares en dos años), The reader (que le valió un Oscar a Kate Winslet) o Valkiria (encabezada por una megaestrella de Hollywood como Tom Cruise) ha vuelto a despertar la polémica en torno a los límites del arte (y el espectáculo) a la hora de representar un acontecimiento que partió para siempre en dos la historia del siglo XX.

A esos títulos cabría añadir películas recientes o inminentes como Desafío, La condición humana, Adam Resurrected, Un secret o Plus tard tu comprendras, y la no tan lejana y también oscarizada Los falsificadores. Sin olvidar libros aparecidos en las últimas semanas como Me llamaba Pikolo, del célebre compañero de Primo Levi en Auschwitz, o el diario de Hélène Berr, publicitado como una mezcla entre Ana Frank e Irène Némirovsky.

El tema, está claro, tiene un público garantizado, pero no siempre fue así. El filósofo Reyes Mate, investigador del CSIC y uno de los grandes estudiosos europeos del Holocausto, recuerda que hace tan sólo 10 años propuso a dos grandes editoriales españolas que tradujeran La especie humana, un clásico entre los testimonios de deportados. El autor era Robert Antelme, el marido de Marguerite Duras, y en Francia había aparecido en 1957. La respuesta, cuenta Mate, fue rotunda: "Eso no interesa a nadie". La pequeña editorial Arena lo publicó finalmente en 2001. Otro ejemplo: uno de los libros de 2006 fue Vida y destino, de Vassili Grossman, que llevaba publicada en España desde 1985. Que la más reciente fuera la primera versión directa del ruso no explica del todo el súbito interés.

¿Qué ha pasado, pues, para que el Holocausto haya encontrado por fin sus lectores y espectadores, es decir, sus consumidores? El propio Reyes Mate, autor de Memoria de Auschwitz. Actualidad moral y política, apunta dos razones. Una: hay muchos documentos por publicar. Dos: ahora la memoria interesa.

Aunque es difícil superar hitos como Primo Levi, Jean Améry o el propio Antelme, queda mucho material inédito depositado en los diversos museos del Holocausto, empezando por el de Jerusalén. Material por publicar y material por conocer. La edición del diario de Berr se cierra con una extensa nota en la que el Centro de Documentación Judía Contemporánea de París hace un llamamiento a todos los que puedan tener materiales de ese tipo. Fue así, entre las decenas de cartas, fotos, objetos y documentos que reciben anualmente como depósito, les llegó ese libro hace siete años.

Jorge Semprún, superviviente de Buchenwald, suele decir que cuando muera el último deportado quedarán sus historias pero se perderá para siempre el recuerdo del olor de los crematorios. En esa línea, la novelista española Juana Salabert apunta a la urgencia por saber todo lo posible antes de que desaparezcan los testigos, como una explicación más para el fenómeno. Hija de exiliados españoles en Francia y autora de Velódromo de invierno, una novela sobre las deportaciones masivas de 1942 que ganó el Premio Biblioteca Breve, Salabert añade: "No hace tanto que pasó. ¿Qué son 60 años? Estamos hablando de nuestros abuelos".

Retomando su segundo argumento, el actual interés por la memoria, Reyes Mate señala que no se trata sólo de un fenómeno español, sino de una tendencia general. Claro que él mismo subraya que también el olvido fue durante décadas una tendencia general: "Al final de la Segunda Guerra Mundial la consigna fue ésa, olvidar. Y no sólo en Alemania, donde tenían un país por reconstruir, también en Estados Unidos. Allí las asociaciones judías recomendaron a los supervivientes que se integraran discretamente, que no molestaran con sus historias".

Pero todo cambió en los años ochenta. Y el cambio no lo trajo ni la historiografía ni la investigación. Lo trajo la televisión. El interés masivo por el Holocausto nació a la vez que se abría la polémica, que dura hasta hoy, sobre la manera de contarlo en una pantalla. Entre el 16 y el 19 de abril de 1978, 120 millones de personas vieron en Estados Unidos una serie producida por la NBC a partir de una novela de Gerald Green: Holocausto.

La historia cruzada de dos familias (una judía y una nazi) cambió para siempre la percepción del mundo sobre un genocidio que pasó a llamarse con el título de la serie, un término que se impuso a los más utilizados hasta entonces: Auschwitz o, siguiendo acríticamente la terminología de los verdugos, Solución Final. Del poder del cine como detonante (y fabricante) de la memoria da una idea también el hecho de que en Francia el término más extendido hoy, Shoah, sea el título de la película de nueve horas dirigida por Claude Lanzmann en 1982.

De pretensiones realistas y tintes melodramáticos, Holocausto generó tal controversia que animó a varias universidades estadounidenses a promover proyectos para recoger los testimonios de los supervivientes. Como ironizó algún historiador crítico: primero llegó el kitsch, luego la ciencia. Se estima que 500 millones de espectadores vieron la serie en todo el planeta, pero en ningún lugar causó el efecto que en Alemania, donde se emitió en 1979, hace ahora 30 años. Aunque es ya famosa la crítica de Der Spiegel en la que se describía la serie como "el genocidio rebajado al nivel de Bonanza, con música de Love Story", los guionistas consiguieron lo que no habían conseguido los historiadores: romper el tabú de los alemanes sobre su propio pasado.

"Yo estudié en Alemania en los años sesenta y setenta", relata el propio Reyes Mate, "y allí no se hablaba del Holocausto. Ni siquiera se veían las típicas películas del americano bueno y el nazi malo. La televisión puso el tema en el centro del debate nacional. Opinaba todo el mundo: los taxistas, los periodistas, no sólo los historiadores. Se notaba en la calle".

Algo parecido, aunque más tarde que en Alemania, sucedió en Francia, cuenta Juana Salabert. Sólo con Chirac, en los años noventa, se empezó a hablar de la responsabilidad del Estado en las deportaciones: "Del Estado y de muchos franceses. Hasta entonces todo se había reducido al colaboracionismo de unos pocos". Del silencio de los padres se pasó a las preguntas de los hijos, y de éstas, hoy, a la petición de responsabilidad de los nietos. Salvadas todas las distancias, una relación no muy distinta de la de las diferentes generaciones de españoles con la Guerra Civil.

No obstante, muchos de los que defienden la necesidad de salvaguardar la memoria del Holocausto alertan sobre la proliferación de películas que lo tienen como tema, una avalancha que llega, dicen, acompañada de dos grandes peligros: la banalización exhibicionista del horror y, en una nueva vuelta de tuerca, la identificación con los verdugos. "Para muchos espectadores estadounidenses", escribió el crítico de The New York Times A. O. Scott, "una película sobre el Holocausto equivale hoy a un western". Es decir, a una obra de género más cercana al entretenimiento que a la historia.

Para los críticos, con ciertos usos del Holocausto en la ficción el gran riesgo está en atravesar la frontera entre explicar, comprender y justificar. A la luz de películas como Valkiria, sobre el atentado frustrado contra Hitler, y The reader, sobre una celadora de un campo de concentración, Salabert apunta: "Noto que el interés empieza a pasar de la mirada de la víctima a la del verdugo". Aunque reconoce que la actuación de Winslet es "excelente" a la hora de mostrar los miedos cotidianos de una ex nazi advierte: "Un pasito más y diremos: eran las circunstancias; hay que comprender".

¿Y qué dicen las víctimas? Rosa Toran, presidenta de Amical de Mauthausen, que agrupa a deportados y familiares de deportados a los campos nazis, indica que el alud de películas sobre el Holocausto no siempre ayuda porque no discrimina: "Hay un revival peligroso ligado a veces a que la estética nazi es atractiva para mucha gente. Además, es muy grave presentar a los implicados en el complot contra Hitler como resistentes. Los verdaderos resistentes no lo fueron sólo en 1944, cuando vieron la guerra perdida. El problema de la ficción frente al documental es que se queda en las acciones heroicas aisladas y no indaga mucho más".

No obstante, Toran no duda respecto a mostrar la normalidad de los verdugos: "Claro que hay que hablar de ellos. Eran personas normales, no demonios con superpoderes. Otorgarles normalidad es generar antídotos para que no vuelva a suceder. Además, explicar no es justificar".

Reyes Mate abunda en esa opinión recordando la polémica provocada por la película El hundimiento, que cuenta las últimas horas de Hitler en su búnker berlinés: "El cine tiene el peligro de que, por sus propios mecanismos, busca la identificación del espectador con el protagonista, pero hay que correr el riesgo de hablar de la normalidad de los criminales para que no se piense que el genocidio judío fue obra de cuatro locos".

La banalidad del mal, lo llamó Hannah Arendt, que, frente a los que al hablar del horror del Holocausto se refugian en lo inexplicable, fue rotunda: si Auschwitz sobrepasa toda noción de justicia y humanidad habrá que repensar desde cero el derecho y las ciencias humanas. "Cuando sucede lo impensable aparece lo que da que pensar", añade Mate. Ése es para él el potencial del Holocausto para las generaciones futuras: "Lo que queda es tomarse en serio toda esa memoria, pasar de la emoción a la interpretación y pensarlo todo a la luz de lo que ocurrió, no seguir como si no hubiera ocurrido. Todo: la política y la propia idea de progreso, la ética y, por supuesto, el arte". E insiste, explicar no es comprender. "La gran singularidad de la Shoah es que siempre habrá un abismo entre las causas que nos damos y lo que ocurrió. No sólo un abismo moral, también racional. El odio a los judíos no da para matar a un millón de niños".

Tal vez por eso algunos supervivientes valoran, frente al verismo de La lista de Schindler, el absurdo de La vida es bella. Es el caso de Imre Kertész, que reconoció en la atmósfera irreal de la película de Benigni, criticada por teñir de comedia el drama de un campo de exterminio, "una característica esencial" de lo que él vivió en Auschwitz: "El hedor de la carne quemada nos revolvía el estómago y, sin embargo, no podíamos creer que fuera cierto".

sábado, 14 de febrero de 2009

El baile del horror. Entrevista a Ari Folman, director de "Vals con Bashir"

EL PAÍS
14 de febrero de 2009
Juan Miguel Muñoz

El israelí Ari Folman fue uno de los invasores de Líbano en 1982. Ahora triunfa en todo el mundo con su historia animada Vals con Bashir, un relato sobrecogedor sobre la guerra y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila que derrocha antibelicismo. El filme es uno de los grandes favoritos al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

La fotografía en blanco y negro domina una pared del luminoso apartamento de Ari Folman en Jaffa, la antigua ciudad palestina engullida en el casco urbano de Tel Aviv. El boxeador Cassius Clay, Mohamed Alí, tras su conversión a la fe musulmana, retratado en su plenitud. A juicio del director de Vals con Bashir, "el mejor deportista de la historia". Y no por aquel juego de pies, aquella danza que enloquecía a sus rivales, sino por su valentía a la hora de defender unos principios. "Pagó por su ideología. Fue despojado del título de los pesos pesados por negarse a luchar en Vietnam. Es el primer rapero". ¿Y Michael Jordan? "No es humano. Demasiado perfecto, y políticamente correcto", explica Folman. El cineasta es autor de la película de animación sobre la guerra de Líbano de 1982 y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila. Unos acontecimientos narrados desde la perspectiva del director -a su vez protagonista- y de sus compañeros de unidad que dejaron graves secuelas en la sociedad israelí, y cuya huella perdura porque el vals de la guerra nunca cesa en Oriente Próximo. El creador forma parte del puñado de israelíes comprometidos con causas sumamente impopulares en su país. Se considera de "extrema izquierda". No en la acepción que el término atesora en Europa. En Israel, la etiqueta alude a las posiciones políticas más tolerantes respecto al conflicto con los palestinos y los países árabes. Muchos son apestados. Folman tiene la fortuna de no serlo. Y, en todo caso, no parece preocuparle.

El artista traslada al espectador al Beirut más real, a sus edificios marcados por la metralla, a sus calles decrépitas, a su Corniche... La animación es de un realismo total. Los paisajes del sur de Líbano, los personajes -algunos de ellos renombrados políticos- son inconfundibles en una obra que derrocha antibelicismo. Pero ¿por qué el formato de la animación? "La guerra", comenta Folman, "es la cosa más surrealista de la Tierra. La película es un mensaje contra la guerra, y quería contar una historia personal. No hay ningún glamour en la guerra. La única forma de hacer esta película era mediante la animación porque trata de la memoria perdida, de los sueños y del subconsciente. La libertad artística es lo más importante para mí, y la animación me otorga esa libertad". ¿Y por qué la idea del vals? "La metáfora del baile es que Israel estuvo danzando con los falangistas cristianos libaneses, y mira cómo acabamos. Te proporciona la atmósfera de que el tiempo no tiene fin. En términos cinematográficos el baile permanece para siempre, ya dure un segundo o diez minutos".

La escena del soldado israelí que dispara enardecido en cualquier dirección, girando sobre sus pies, en medio de un intercambio de fuego, en una avenida adornada con carteles del líder de las Falanges cristianas, Bashir Gemayel, es el compendio del filme. Es el vals de Israel con Bashir, aliados en la batalla contra los palestinos. Esos carteles, ya ajados y de más reducido tamaño, todavía se observan en Ashrafiyeh, el barrio maronita de Beirut por excelencia, que sufrió -como toda la capital libanesa, como todo el país- aquel baile sangriento que arrancó con una promesa del ministro de Defensa, Ariel Sharon, a su primer ministro, Menájem Beguin: la campaña se prolongaría sólo 40 días. Los soldados permanecieron 18 años. Sharon engañó hasta a su jefe, y lanzó sus tropas hasta conquistar Beirut. Sólo en mayo de 2000 abandonaron el país árabe.

Los 26 perros contra los que disparaba un compañero de armas del protagonista de la cinta -el propio Folman- parecen perseguir al autor desde aquella invasión de Líbano, desatada en junio de 1982. Rechazaba ese uniformado apretar el gatillo contra los lugareños libaneses y sus casas, y se encargaba de abatir a los canes, porque sus ladridos advertían a los milicianos palestinos de la inminencia de un ataque de las tropas israelíes contra esos pueblos de viviendas dispersas sobre las colinas redondas del sur libanés. Pero no ha tratado Folman con su obra de superar trauma alguno. "Quise conectarme con el joven que fui porque ese joven es parte de mí", asegura.

¿Por qué 26 años después? "No quise tratar con mi pasado hasta hace cinco años, y a muchos amigos les sucede lo mismo. Pero una combinación de circunstancias que me ocurrieron en la vida me condujeron a hacer la película. Hace cinco años quise librarme de acudir a la reserva y el Ejército me eximió del servicio. Pero puso una condición: debía acudir al psicólogo para contar todo lo que hice en el Ejército. Quizás hacían un experimento conmigo, pero me conmocionó porque nunca había contado mi historia". El director, nacido en Haifa en 1962, elude criticar a quienes no llevan a cabo ese ejercicio de introspección. "A muchos soldados les brota el recuerdo de lo que hicieron en filas 5 o 10 años después. Nunca sabes cuándo aflorará. Cada cual puede hacer lo que quiera. Es una cuestión personal", afirma Folman, que sueña con regresar, tal vez para seguir investigando en su conciencia. "Quiero volver a Líbano, pero no puedo". Ni Israel ni Líbano autorizan a sus ciudadanos a visitar el Estado aún enemigo.

Las bengalas lanzadas por soldados israelíes iluminaban el cielo de los campos de refugiados de Chabra y Chatila, arrabales inmundos de Beirut, para facilitar la carnicería perpetrada por los cristianos libaneses. Folman era uno de los uniformados que luchaba en la campaña militar libanesa, ignorante de que en aquellos instantes, en septiembre de 1982, los falangistas perpetraban una brutal matanza de mujeres, niños y ancianos en venganza por el atentado con explosivos que acabó con la vida del líder de las milicias cristianas: el carismático Gemayel. Los hombres armados de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ya habían escapado de Beirut. "Por supuesto que el Ejército israelí participó indirectamente. Los soldados no sabíamos lo que sucedía en Chabra y Chatila en aquel momento. Bastante teníamos con cuidar de nosotros y de nuestros muertos", dice el director.

Cuelgan pendientes de sus orejas, lía cigarrillos, contesta siempre con respuestas concisas e intercala comentarios sobre fútbol. Es seguidor del Liverpool y admirador del Athletic de Bilbao: "Me gusta su temperamento y que no cuente con jugadores extranjeros". Podría ganar Folman premios en un concurso sobre este deporte. Aunque más en su campo. Ya ha cosechado con Vals con Bashir galardones tan relevantes como el Globo de Oro y compite ahora para lograr el Oscar de Hollywood como mejor película de habla no inglesa. Si gana la estatuilla dorada, en Israel le aguardará una alfombra roja a la que no parece muy adicto.

"Me conmovió cómo el Gobierno israelí y el establishment apoyaron la película. Entiendo que pretenden demostrar que este país es plural, y de paso que el Ejército no ejecutó la masacre. Cuando presenté la película en el Festival de Cannes, mucha gente no sabía que los israelíes no dispararon directamente contra los palestinos en Chabra y Chatila", precisa el artista antes de añadir: "El Gobierno me ha enviado a promocionar la película por todo el mundo. No todo es malo. Esta sociedad es mucho más abierta y libre que las de los países vecinos". No hay duda al respecto. El mimo que le dispensa no es impedimento para que lance críticas feroces contra los gobiernos israelíes y su intransigencia a la hora de negociar.

"Si hubiéramos elegido hace tiempo a un socio entre los suníes de Líbano", enfatiza Folman, "podríamos haber hecho la paz. Es con los religiosos con quienes podemos conseguirlo. Pero Israel siempre escoge a los socios equivocados. En Líbano, elegimos a los cristianos y ya ves lo que sucedió. También optamos por la Organización para la Liberación de Palestina. Otro error. Había grupos musulmanes con los que negociar. Hoy tenemos a Hamás. Soy partidario de dialogar con ellos. Éste es un conflicto sobre un estúpido trozo de tierra. Pero nunca hemos hablado con ellos. Jamás les hemos dado una oportunidad".

Con ancestros en una familia polaca originaria de Lodz, supervivientes del Holocausto, el director recapacita cuando se dispone a contestar a la pregunta: ¿conocen los israelíes su historia? "Mucha gente la ignora. O dicen que lo que le han explicado es la historia, que las fronteras cambiaron... Otros muchos sí que la conocen, pero eso no cambia su mentalidad". Probablemente en este segmento de la audiencia se encuadran los espectadores que abandonaron la sala al poco tiempo de comenzar la proyección, poco después de su estreno en Jerusalén. "Creo que Israel debe aprender del Holocausto, pero no obsesionarse. Debe aprender del pasado. Los judíos no hemos sido cazados desde entonces nunca más. Los nazis son historia. No hay amenazas como aquélla. Es cierto que ahora hay amenazas diferentes, pero Israel es ahora un país fuerte, con gran apoyo internacional. Es verdad que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, está loco. Pero son una minoría a la que no debemos dejarle el escenario. Estoy seguro de que la gente desea una vida normal, también en Gaza".

En opinión de Folman, los gobernantes hebreos tampoco atinan en la diana. "El problema de Israel es que invierte el dinero en tanques y en colonias (en territorio ocupado). Yo creo que se puede alcanzar un acuerdo con los palestinos, es sólo cuestión de liderazgo. Sin embargo, ahora no veo a ningún dirigente israelí capaz de hacerlo. A la gente que mamó su ideología en casa es a la que más le cuesta cambiar. Y eso es lo que le ocurre a Tzipi Livni. La gente educada en la ideología es un desastre". No alberga Folman demasiadas razones para la esperanza. La ministra de Exteriores es hija de un alto oficial del Irgún, el movimiento clandestino hasta la fundación del Estado y a cuyo líder, Beguin, tildaron de "fascista" sus rivales laboristas muchos años después. Benjamín Netanyahu también es hijo de un historiador fiel a las tesis más derechistas, y el candidato del Laborismo, Ehud Barak, es el militar más laureado de la historia de Israel. "Es terrible que los ex militares rijan el país. No saben lo que es la democracia. Sólo saben dar órdenes".

Al concluir la cinta, imágenes reales de la masacre de unos 1.700 inocentes palestinos son el punto final al relato animado. No vaya a ser que alguien piense que todo es fruto de la imaginación del artista. "Las guerras son estúpidas. No sirven para nada. Creo que todo lo que se haga para evitarlas es bueno. Quiero que mis líderes hagan todo lo posible por impedirlas, pero no lo hacen. Para ellos, la pérdida de vidas es parte de la vida", comenta el cineasta. "No hemos aprendido nada", prosigue. "Tenemos unos líderes inútiles. Mira la segunda guerra de Líbano, en 2006. Es un déjà vu". En aquellos días de julio de 2006, Folman se fugó. "Me escapé a una isla griega con mi esposa y mis tres hijos. Sólo regresé cuando había terminado". Nunca hay punto final. En Cisjordania, y sobre todo en Gaza, el macabro vals continúa. -

Vals con Bashir, de Ari Folman, se estrena en España el próximo viernes, día 20. El filme ha conseguido el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa, categoría para la que también opta a los Oscar, cuya ceremonia se celebra el día 22. Canal + estrena la película en junio.

Mirar y escuchar: el cine de James Benning


Blog Libro de notas

El Lago Michigan, el Gran Lago Salado, el Lago Hiamna, el Lago Okeechobee, el Lago Pontchartrain, el Lago Rojo, el Lago Champlain, el Mar Salton, el Lago Powell, el Lago Winnebego, el Lago Flathead, el Lago Goose y el Lago Moosehead. Trece planos estáticos de diez minutos cada uno con la línea de horizonte dividiendo la pantalla en dos partes exactas, mitad agua, mitad cielo. No hay relato, no hay presencia humana directa, tan sólo un barco aquí o un tren allá; el único protagonista de la película es el paisaje. La que nos hace James Benning en 13 Lakes es una propuesta esencialmente contemplativa, sí, pero no basta con tener los ojos abiertos: hay que mirar y escuchar para comprender.

En la filmografía del cineasta de Wisconsin hay muchas piezas que responden a una estructura extremadamente cerebral, definida por reglas muy estrictas. Con Los quiso ofrecernos su particular visión de la ciudad de Los Angeles mediante 35 planos de dos minutos y medio. Para Utopia tomó prestado sin permiso todo el soundtrack de un documental de Richard Dindo sobre el Che Guevara y lo montó con imágenes desérticas de México y el sur de los Estados Unidos. En 1977 rodó en su Milwaukee natal One Way Boogie Woogie, un film de sesenta minutos armado a base de planos fijos de escenarios urbanos y industriales; chimeneas, coches, edificios y aceras asomaban en una película que pretendía reflejar el decaimiento de un territorio. Veintisiete años después, el director volvió a los mismos lugares y repitió la experiencia en un ejercicio fascinante de observación del paso del tiempo y las transformaciones que trae consigo. En Ten Skies se valió nuevamente de planos fijos de diez minutos para mostrarnos el cielo que observa desde su hogar en la pequeña villa de Val Verde, en California. Diez cielos afectados por las condiciones atmosféricas y ambientales de las tierras que se extienden por debajo de ellos; diez secuencias que nos regalan una inspiradora reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza.

James Benning combina una intensa voluntad de analizar el valor de la imagen y la narrativa fílmica, con elementos mucho más íntimos y personales relacionados con su propia experiencia biográfica (de ahí el retrato incansable de los escenarios que ha conocido a lo largo de su vida) y con su concepción estética, incluso poética, del paisaje y de su contemplación, entendida como un ejercicio intelectual y emotivo. En sus películas nos obliga a mirar y a escuchar, consciente de que cualquier escena puede ser apasionante si le dedicamos la suficiente atención. Pero mirar y escuchar no es un entretenimiento intrascendente y banal. Para Benning mirar y escuchar es un acto político, pues la forma en que percibimos el mundo refleja inevitablemente nuestros prejuicios como individuos.

Cineasta radical, independiente y vanguardista, James Benning vive completamente apartado del sistema comercial y no parece tener tampoco mucho interés en dar a conocer masivamente sus trabajos, que ni siquiera han sido editados en DVD, y pese a ello hoy por hoy es una figura venerada en todo el planeta, objeto de atención de los festivales abiertos a las producciones menos ortodoxas (BAFICI, FICCO). El Museo del Cine de Austria acaba de dedicarle una completísima retrospectiva que incluyó también sus trabajos de los 70, piezas de dos o tres minutos en muchos casos que apenas han conocido difusión. En el ciclo se proyectaron sus dos nuevas películas, Casting a glance, que rinde tributo al Spiral Jetty del artista Robert Smithson, y RR, que recorre Estados Unidos entre caminos de hierro y trenes que pasan.

En España la veda la abrió en 2006 el Zinebi y el Museo Guggenheim de Bilbao, pero en cualquier caso sigue siendo un director extremadamente poco conocido, cuyas películas (y sólo unas pocas) circulan de mano en mano transmitiendo asombro pero también la insatisfacción de no poder acercarse a ellas en las condiciones que serían deseables. Dejamos para otro momento el absurdo debate sobre cuál es el lugar apropiado para la exhibición de un cine tan atrevido y experimental como el de James Benning, si los museos de arte contemporáneo o las filmotecas, porque el verdadero problema es que ni unos ni otras suelen arriesgarse a programar esta clase de obras.

jueves, 12 de febrero de 2009

La clase


EL PAÍS-País Vasco
11 de febrero de 2009
Belén Altuna


Todos no somos profesores, pero desde luego somos o hemos sido alumnos. Todos hemos participado en las diversas ceremonias de la enseñanza y el aprendizaje, aunque es probable que no hayamos meditado mucho sobre sus misteriosos mecanismos. Ahora el (buen) cine nos proporciona una oportunidad de observar, a través de una mirilla privilegiada, el desarrollo de una clase con una veintena de alumnos de catorce o quince años, a lo largo de un curso académico. Estoy hablando de La clase y, desde luego, les recomiendo que vayan a verla antes de que desaparezca de los cines. No me cabe duda de que interesará a los profesores, a los padres de adolescentes y a cualquiera que tenga una mínima inquietud humanista.

La película, dirigida por Laurent Cantet, está protagonizada por François Bégaudeau, autor del libro que da origen al guión y que se interpreta nada menos que a sí mismo: un joven profesor de lengua francesa en un instituto multirracial, microcosmos de la Francia actual, aunque con pequeñas variaciones retrataría igualmente cualquier otro instituto contemporáneo (público, al menos) del ámbito occidental. Sin salir apenas de entre los muros de las aulas, el espectador asistirá a una especie de partido de tenis dialéctico. A la izquierda de la pantalla, un profesor que intenta desarrollar lo mejor posible su labor educadora; a la derecha, unos alumnos que exploran otras vías de escape y diversión. Un pulso permanente que no tiene un claro ganador.

Otro profesor de instituto (esta vez de Madrid), José Sánchez Tortosa, escribió recientemente un estupendo libro (El profesor en la trinchera. La Esfera de los Libros), donde relata ese mismo ambiente, protagonizado por la tiranía de los alumnos (y en muchos casos, por los padres que los apoyan) y las frustraciones de los profesores. La cuestión no es sólo que éstos hayan perdido parte de la autoridad de la que gozaban anteriormente, sino que, en muchos casos, la hayan perdido completamente. Como modelos de conducta para los jóvenes de hoy, en comparación con las estrellas de la tele, la música o el deporte, los profesores "deben de estar en el último lugar, sólo superados, tal vez, por los curas y los árbitros de fútbol", afirma el autor. El profesor se ha convertido en tan humano y tan cercano que sus supuestos defectos a menudo suelen ser aireados alegremente en el aula. A veces resulta invisible (cuando entra en el aula nadie le hace caso, como si no existiera), a veces un bufón, a veces un enemigo, a veces un "fascista".

Esa autoridad que ya no se da por supuesta, ha de ganársela. La clase expone entre otras cosas esa nueva situación, impensable unas décadas atrás. Propone igualmente un tipo de profesor que algunos considerarán, tal vez, demasiado dialogante. Su tarea, como reza el viejo dicho, sin embargo, nos incumbe a todos: "Para educar a un solo niño se necesita a toda la tribu".

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