jueves, 12 de febrero de 2009

La clase


EL PAÍS-País Vasco
11 de febrero de 2009
Belén Altuna


Todos no somos profesores, pero desde luego somos o hemos sido alumnos. Todos hemos participado en las diversas ceremonias de la enseñanza y el aprendizaje, aunque es probable que no hayamos meditado mucho sobre sus misteriosos mecanismos. Ahora el (buen) cine nos proporciona una oportunidad de observar, a través de una mirilla privilegiada, el desarrollo de una clase con una veintena de alumnos de catorce o quince años, a lo largo de un curso académico. Estoy hablando de La clase y, desde luego, les recomiendo que vayan a verla antes de que desaparezca de los cines. No me cabe duda de que interesará a los profesores, a los padres de adolescentes y a cualquiera que tenga una mínima inquietud humanista.

La película, dirigida por Laurent Cantet, está protagonizada por François Bégaudeau, autor del libro que da origen al guión y que se interpreta nada menos que a sí mismo: un joven profesor de lengua francesa en un instituto multirracial, microcosmos de la Francia actual, aunque con pequeñas variaciones retrataría igualmente cualquier otro instituto contemporáneo (público, al menos) del ámbito occidental. Sin salir apenas de entre los muros de las aulas, el espectador asistirá a una especie de partido de tenis dialéctico. A la izquierda de la pantalla, un profesor que intenta desarrollar lo mejor posible su labor educadora; a la derecha, unos alumnos que exploran otras vías de escape y diversión. Un pulso permanente que no tiene un claro ganador.

Otro profesor de instituto (esta vez de Madrid), José Sánchez Tortosa, escribió recientemente un estupendo libro (El profesor en la trinchera. La Esfera de los Libros), donde relata ese mismo ambiente, protagonizado por la tiranía de los alumnos (y en muchos casos, por los padres que los apoyan) y las frustraciones de los profesores. La cuestión no es sólo que éstos hayan perdido parte de la autoridad de la que gozaban anteriormente, sino que, en muchos casos, la hayan perdido completamente. Como modelos de conducta para los jóvenes de hoy, en comparación con las estrellas de la tele, la música o el deporte, los profesores "deben de estar en el último lugar, sólo superados, tal vez, por los curas y los árbitros de fútbol", afirma el autor. El profesor se ha convertido en tan humano y tan cercano que sus supuestos defectos a menudo suelen ser aireados alegremente en el aula. A veces resulta invisible (cuando entra en el aula nadie le hace caso, como si no existiera), a veces un bufón, a veces un enemigo, a veces un "fascista".

Esa autoridad que ya no se da por supuesta, ha de ganársela. La clase expone entre otras cosas esa nueva situación, impensable unas décadas atrás. Propone igualmente un tipo de profesor que algunos considerarán, tal vez, demasiado dialogante. Su tarea, como reza el viejo dicho, sin embargo, nos incumbe a todos: "Para educar a un solo niño se necesita a toda la tribu".

domingo, 1 de febrero de 2009

Entre muros


EL PAÍS-Catalunya
22 de enero de 2009
Joan Subirats

Uno de los elementos tradicionales de debate cuando se habla del mundo de la enseñanza es que todos los grandes proyectos de reforma o de cambio han de pasar por esa gran prueba de fuego que es el interior de la clase. De alguna manera se asimila lo que ocurre entre los muros de una clase a la privacidad de un hogar. El film de Laurent Cantet La clase, Palma de Oro del Festival de Cannes, nos permite entrar en ese mundo especial de relación personal y formativa que constituye un curso de Lengua Francesa en un instituto de secundaria de un barrio periférico de París, a lo largo de los meses que dura un curso, de septiembre a junio. La repetición cotidiana de esos 55 minutos en que transcurre la clase nos permite asistir a la tensión, la alegría, la violencia, las ilusiones y decepciones de un conjunto muy diverso y heterogéneo de adolescentes. Al mismo tiempo asistimos a cómo gestionan y viven esa cadena de acontecimientos y sensaciones un grupo también diverso y heterogéneo de profesores, que tratan de discernir el grado de rigidez y flexibilidad con el que han de aplicar a diario reglas, rutinas y procesos, mientras expresan emociones, rabia, impotencia o simple profesionalidad. Como ocurría con el filme Etre et avoir, el seudodocumental encarnado por el profesor López en una aula unitaria perdida en el Macizo Central francés, se nos invita a observar el ritmo especial del rito formativo. Con menos naftalina pedagógica que en el filme citado, el profesor Marin, alias del protagonista, François Begaudeau (profesor y autor del libro en el que se basa el filme, libro disponible ya en catalán y castellano), nos muestra un peculiar estilo formativo, más centrado en el diálogo y en el tratar de que el aprendizaje de la lengua se base en las experiencias vitales de los alumnos, que en los protocolos más frecuentes. No hay heroicidad ni paternalismo en la labor que nos muestra el profesor. Se dan errores y fracasos, tensiones y desencuentros, pero también pequeñas victorias y significativos avances.

La cámara no es complaciente. Nos invita a ver la clase como un espacio de pugna, de constante fricción, mejor o peor canalizada. Los alumnos expresan su rechazo a lo que entienden como simples ejercicios jerárquicos o poco comprensibles, piden constantes explicaciones o simplemente dejan pasar el tiempo, buscando pequeñas alternativas a su encierro. La tan cacareada diversidad (étnica, cultural, familiar, de vestimenta o de momento vital) explota ante nuestros ojos y exige constantes esfuerzos de comprensión, reconocimiento y gestión por parte del profesor. El trabajo de los jóvenes es extraordinariamente real, fluido, sentido, mostrando la gran labor de aprendizaje que el equipo ha realizado con los voluntarios, alumnos reales de un instituto, a lo largo de muchos meses. Me ha recordado el también extraordinario filme de Kechice L'esquive, por su capacidad de dejarnos ver cómo trascurre el tiempo, concediendo espacio a las cosas que lo merecen, como ocurre, por ejemplo, en el caso del comité de disciplina que debe decidir la expulsión de un alumno, ante una madre que no entiende nada y a quien nadie traduce nada. Parece un documental, pero estamos ante una ficción que busca documentar.

¿Qué conclusiones sacar de ese mirada indiscreta al sanctasanctórum de la experiencia educativa? El filme no pretende realizar un análisis crítico o un balance sobre la situación de la enseñanza en Francia. Se limita a mostrarnos el tipo de cosas que ocurren en esos sitios especiales llamados institutos, en los que los nuevos adolescentes se enfrentan a un sistema que no los entiende o no los reconoce. Hay más adolescentes que antes en unos institutos a los que antes muchos ni llegaban. Esos adolescentes no encajan bien en una concepción educativa que los ha definido como "lugares sin saber", una concepción que sigue pensando que detrás tienen una familia que cumple con su parte del contrato educativo tradicional, y que entiende a la escuela como el lugar (como dice Narodowsky) en el que se dosifican saberes y haceres, gradualidades y normalidades. La posición de alumno se basa en su condición de infante, de menor, sea cual sea su edad. El filme nos muestra a un profesor que vive en tensión la necesidad de cumplir la misión que se le ha encomendado y al mismo tiempo la emergencia de saberes y habilidades propias de los alumnos (expresión vía imagen o nuevos formatos musicales) que no encajan en aquello previsto. El instituto está lleno de reglas cuyo cumplimiento varía en función de quién las aplica y de la coyuntura. Constantemente vemos en el filme desviaciones, convenciones, transgresiones, normalidades, que van y vienen, como los alumnos expulsados y reingresados de un centro a otro.

Desde mi punto de vista, el gran acierto del filme es no darnos recetas, sino sugerirnos que tenemos enfrente el gran reto de convertir esos lugares de reglas en espacios donde la subjetividad de los alumnos pueda expresarse. Muros que acojan modos de ser profesor y alumno, que consigan recoger formas más amplias y distintas de las actuales de hablar, de pensar, de moverse, de emocionarse, de oponerse, de transformarse, de saber. La última imagen de la película es el aula vacía, a final de curso, con las sillas desordenadas y los pupitres en ese orden que obliga a la jerarquía y a la tensión. Una clase vacía como vacía se siente la alumna que, unos planos antes, aborda al profesor y le manifiesta su desesperanza ante su total falta de aprendizaje y su voluntad de no ser excluida. Por mucho que cambiemos las leyes y los planes de estudio, si no cambiamos la clase, si no abrimos ventanas en los muros, pocos avances lograremos.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

sábado, 24 de enero de 2009

Clase magistral sobre el fracaso


EL PAÍS
16 de enero de 2009
Elsa Fernández Santos

Se estrena la película francesa que ganó la Palma de Oro en Cannes - Laurent Cantet, su director, rodó con alumnos de un instituto

La primera escena de La clase, la película francesa que logró la Palma de Oro del último festival de Cannes, es la de un hombre que se toma un último respiro antes de la batalla. Una batalla, sin duda, por la que merece la pena resistir: la que cada curso se fragua en el aula de un instituto, donde un profesor de lengua se enfrenta a adolescentes de diverso origen, pelaje, inteligencia y destino. Entusiasmo y desaliento a partes iguales. La película se proyectó el último día del festival y desde ese momento su efecto fue contagioso. El presidente del jurado, el actor estadounidense Sean Penn, resumió así una Palma de Oro unánime: "Ha sido un flechazo. Es el premio que todos buscábamos, una película en estado de gracia".

La clase es el cuarto largometraje de Laurent Cantet (Melle, Baja Sajonia, Alemania, 1961), un cineasta que siempre se ha inclinado por lo documental y que ha logrado devolver a Francia su más preciada corona cinéfila 21 años después de que Maurice Pialat provocara, en 1987, uno de los más sonoros pateos que se recuerdan por el premio a Bajo el sol de Satán.

Todo lo que se cuenta en La clase ocurre entre las paredes del instituto durante los meses de un curso escolar. Cantet creó un taller de trabajo con los alumnos antes de seleccionar a los que formarían el equipo definitivo y rodar, con cuatro cámaras, lo que ocurría entre ellos y su profesor, François Bégaudeau, que se interpreta a sí mismo en un filme basado en su libro Entre los muros. "Éramos un equipo y esa cohesión duró más allá del rodaje, se prolongó durante meses. Éramos uno y esa fuerza se respiró en Cannes. No había papeles grandes o pequeños, lo importante era el equipo. Y esa es la energía que se respira en la película". Cantet explica que la cinta recoge el conflicto entre profesor y alumnos porque los trata como iguales. "Buscaba los momentos de tensión dentro del aula y ver cómo se resolvían. Basta ya de tomar por idiotas a los adolescentes, son bastante más listos de lo que yo era a su edad. La agresividad del profesor es una forma de reconocer que los alumnos merecen ser tratados como iguales. Al provocarles les permite pensar. Aunque yo no diría que es agresividad lo que aplica con ellos sino ironía y verdad. Este profesor no es paternalista, no es como el de El club de los poetas muertos. Yo no quería un maestro que fuera un semidios, uno de esos que siempre tiene la respuesta adecuada. Me da pavor la ejemplaridad de las personas y de las situaciones".

Al hablar del cine francés y educación -de Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier, a La piel dura o Los cuatrocientos golpes, de Truffaut-, Cantet se queda con Jean Vigo y su Cero en conducta: "Tenía exactamente la clase de energía que yo buscaba para este filme. Cero en conducta habla precisamente de cómo en los errores de los adolescentes está lo positivo, es una película dura y pesimista pero está llena de realidad. Y sí, es cierto que La clase también es dura y pesimista, pero hay algo en ella que te dice que se puede esperar mucho de esas nuevas generaciones".

Nuevas generaciones que conviven entre los muros de un sistema con el que chocan frontalmente. "La escuela les integra pero también es, qué duda cabe, un lugar excluyente y discriminatorio, un microcosmos del mundo que les rodea. Ésa es una contradicción que siempre ha estado muy presente para mí. Es un terreno en el que se puede ganar todo pero en el que también perdemos todo. Y ahí está el valor de un profesor como éste, que sabe que su lucha merece la pena aunque siempre fracasará". "Francia", concluye el director, "es un país excluyente y discriminatorio en cuya esfera política hay muy pocos extranjeros. Un país multirracial en el que, por ejemplo, sería impensable la llegada de un Obama".

martes, 20 de enero de 2009

Crítica: Tan real como inquietante


EL PAIS
16 de enero de 2009
Carlos Boyero


LA CLASE
Director: Laurent Cantet. Guión: L. Cantet, François Bégaudeau, Robin Campillo. Basada en la novela Entre los muros, de F. Bégaudeau. Intérpretes: F. Bégaudeau y alumnos del Instituto Françoise Dolto. Francia, 2008. 128 minutos.


Cualquier cinéfilo adulto que haya sufrido el castigo de una educación desastrosa, de un sádico, legitimado e impune abuso de poder, siempre va a guardar en su retina las venganzas libertarias y poéticas de los que sufrieron el yugo como las que describían la maravillosa Cero en conducta, del irreemplazable Jean Vigo, y la incendiaria If, de Lindsay Anderson. Truffaut le devolvió la dignidad al casi siempre mosqueante profesorado narrando la épica labor del humanista Jean Itard para que un niño salvaje aprenda a comunicarse, acepte reglas, afiance su sentido de la justicia, descubra el placer, la utilidad o la necesidad del conocimiento.

Hollywood, con menos afanes didácticos pero sabiendo lo que exige la taquilla, también ha frecuentado con más trampas que verdad, con tesis convenientemente edulcoradas, con la convicción de que finalmente todo el mundo es bueno, las inicialmente conflictivas relaciones entre profesores y alumnos. Y afortunadamente, en los últimos años, directores más preocupados por la cruda verdad que por la tranquilizadora ficción, como Bertrand Tavernier en Hoy empieza todo, Zhang Yimou en Ni uno menos y David Simon y Ed Burns en la cuarta temporada de la serie de televisión The wire, se han propuesto extraer realidad y conclusiones duras de lo que ocurre o puede ocurrir en las aulas, de las relaciones entre profesores y alumnos, de la simbiosis entre las tensiones del mundo exterior y lo que sucede en el colegio, de la sufrida y frecuente imagen del educador que se toma en serio su trabajo, que a pesar de los pesares no se resigna a la derrota, a lanzar la toalla.

Laurent Cantet se suma con la excelente e inaplazable La clase (el título original Entre las paredes es más adecuado) a los que se han propuesto con éxito retratar el muy duro aquí y ahora en la problemática labor de enseñar y de aprender. Nada huele a impostura en esta película. Cantet adapta un libro del profesor Francis Bégaudeau, que interpreta a su propio personaje, en el que cuenta su experiencia a lo largo de un año en un instituto de la periferia de París, habitado por la multirracialidad, por los hijos de la inmigración o por nativos de clase baja lumpen, por alumnos negros que ejercen el racismo con los magrebíes y viceversa, por gente con recelo o desidia ante la autoridad que encarna ese tenaz profesor que se ha propuesto enseñar la asignatura de lengua a sus impuestos, indiferentes o agresivos parroquianos. No le amenazan con pistolas pero los estallidos de violencia entre ellos o contra él pueden ser muy fuertes, tienen sus días mejores y peores, hay listos, normales, tontos, retorcidos, limpios, traumados, osados, dóciles. Hay de todo, como en la vida, pero las posibilidades de que el verdadero profesional de la enseñanza sienta que ha logrado los frutos que se proponía y que los alumnos asuman que estar entre las paredes es gratificante o decisivo para su futuro, pertenecen al reino de la utopía.

Cantet narra esta historia sin solución y claustrofóbica con espíritu documentalista, plasmando la autenticidad de personajes y situaciones, haciendo que alumnos y profesores se interpreten a sí mismos, huyendo del efectismo, el discurso y la moralina. Y lo hace admirablemente, logrando que el espectador se sienta incómodo, testigo de algo que se parece excesivamente a la vida cotidiana.

sábado, 10 de enero de 2009

'La clase' disecciona en el cine los valores de la sociedad francesa


EL MUNDO
Madrid. 9 enero de 2009
Héctor Llanos Martínez

La clase, la última ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes, parece fruto de la improvisación. Pero la suya es una improvisación muy estudiada, con la que el cineasta Laurent Cantet muestra el microcosmos vital encerrado entre las cuatro paredes de un colegio. Su intención no es otra que la de "proyectar una idea lo más fehaciente posible del mundo actual", explica el francés a elmundo.es.

La cinta, inspirada libremente en el libro de Francois Begaudeau y que llega a las salas españolas el próximo 16 de enero, retrata a un profesor, interpretado por el propio autor del texto, enfrentado a un grupo de escolares procedentes del multicultural distrito XX parisino.

"Él representa al hombre que se arriesga, al que se atreve a ponerse en entredicho y a cometer errores con tal de enseñar a sus alumnos", aclara el director.

Cantet y Begaudeau rodaron al mismo tiempo que construían de nuevo el guión, continuamente enriquecido por las aportaciones de los estudiantes reconvertidos en actores y tras más de un año de ensayos como fruto del taller de improvisación e interpretación, que generó una enorme complicidad en el grupo a la hora de enfrentarse a una cámara.

Este experimento dio como resultado "un reflejo de las tendencias y valores de la sociedad actual", asegura Cantet. Tras abordar la problemática laboral y familiar en 'Recursos Humanos' y 'El empleo del tiempo', el director galo se dio cuenta de que "nunca se ha dado la importancia suficiente a ese momento de la vida humana que es el colegio".

Pero La clase, compuesta por niños de diferentes razas y culturas, no tiene "intenciones pedagógicas", apunta, y sí intenta "mirar de un modo crítico a la sociedad francesa, que hace difícil la integración a los recién llegados".

Muchos de los estudiantes que aparecen en la película "se sienten tan poco deseados en el que es su país que se empeñan en aferrarse a la nacionalidad de sus padres, aunque sin querer abandonar Francia en ningún momento. Ese es el primer problema que se debe tratar si se intenta encontrar una verdadera cohesión social", apunta el director de 'Hacia el sur'.

El beneplácito de Cannes fue para Laurent Cantet "un gesto de que daba crédito a un cine hecho de un modo diferente, lo que me va a facilitar el camino para hacer las películas que quiero hacer y también para que existan las películas que quiero ver, cuando otros productores o realizadores comprueben que el riesgo de mi propuesta ha funcionado".

El francés no se muestra igual de convencido ante la posibilidad de que la Academia de Hollywood valore también a La clase, que representa a Francia en la carrera por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Las candidaturas se conocerán el próximo 22 de enero, aunque tras el éxito cosechado, Cantet se muestra poco preocupado por la estatuilla dorada.

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