El veterano documentalista presenta su trabajo sobre el mundo que rodea al cabaré parisiense Crazy Horse
Toni García - Venecia - EL PAÍS, 06/09/2011
Frederick Wiseman (1930, Boston) es uno de los documentalistas más célebres y también uno de los más activos. A lo largo de su carrera ha firmado más de 40 piezas en todos los ámbitos de la vida y nunca ha dejado de perseguir los temas que le interesaban y sobre todo "los relacionados con eso tan frágil que es el cuerpo humano".
Con esa particular brújula creativa en ristre, Wiseman firmó el que -probablemente- es su trabajo más famoso, La danza-el ballet de la Ópera de París, cuyo título es bastante esclarecedor y que reflejaba las vicisitudes de un grupo de bailarinas de la capital francesa. El director vuelve ahora al lugar del crimen con Crazy Horse, nombre del famoso cabaré parisiense fundado en 1951 y uno de los más célebres del mundo, parada obligatoria para los amantes del género. "No me interesa para nada la historia del cabaré, solo me interesaba el Crazy Horse", recalca un Wiseman de rostro circunspecto y cuyo humor parece estar algo desafinado, quizás producto de las circunstancias: llueve con intensidad en el Lido de Venecia, la entrevista con EL PAÍS se produce a cubierto pero en un chiringuito sumamente ruidoso, y los curiosos le miran como si acabara de bajar de un platillo volante. "La próxima vez deberíamos buscar otro sitio para hablar", dice el director gritando. A pesar de todo, Wiseman insiste en seguir conversando: "Mira, este es mi cuarto trabajo sobre el mundo del ballet, así que puedo decir que lo que siempre me ha interesado, la base de mis documentales, es el cuerpo humano. Cómo lo usan las bailarinas como método de expresión, los soldados como herramienta de ataque; cómo los monjes y en general todos aquellos que se recluyen en monasterios niegan de alguna manera su propio cuerpo... Si tuviera que discernir cuál es el núcleo transversal que recorre mis películas ese sería: el cuerpo. De todas formas, mi aproximación a cada pieza no responde a un patrón común". Al documentalista no le gusta que le llamen así ("No distingo entre documentales y películas, solo sé si me gustan o no") y reconoce no prestar atención a otros compañeros de formato, excepto a Errol Morris: "Me encanta su trabajo; es uno de los mejores del mundo".
Crazy Horse es un documental (aunque Wiseman se enfade) sobre los dimes y diretes de las rectilíneas empleadas del establecimiento, a las que el director mira a veces con los ojos del simple observador, mientras que en otras (como su visita a los camerinos) su mirada parece más la del voyeur que hunde sus retinas en los cuerpos desnudos de las bailarinas. Rodado con perfecta invisibilidad, la cámara del bostoniano se infiltra en las huestes del cabaré con suma facilidad, las sigue y también las quiere y desea. "Me interesan las personas, eso es lo único que siempre me ha interesado. Creo que el Crazy Horse es un local único y que sus bailarinas son seres excepcionales. Me interesaba acercarme a ellas y contar su historia", dice el veterano cogiendo su bolsa. Y antes de meterse en una furgoneta suelta: "Llevó aquí una semana y aún no he pisado Venecia. ¿Tú crees que es normal?".
martes, 6 de septiembre de 2011
jueves, 10 de febrero de 2011
ENTREVISTA: JOAQUIN PHOENIX Actor

"Que la aspiración máxima de un actor sea ganar el Oscar es descorazonador"
EL PAÍS. Toni García - Barcelona - 10/02/2011
El superdotado protagonista de En la cuerda floja y La noche es nuestra relata, en esta entrevista exclusiva para España, su experiencia de verdades y mentiras en el documental I'm still here.- El documental estará en Canal+ y ahora en Canal+ Xtra (dial 7 de Digital+) se puede ver un extracto de 5 minutos
Joaquin Phoenix (1974, Puerto Rico) no fue siempre un mentiroso, aunque tenía aptitudes. El intérprete, famoso tanto por su talento como por sus berrinches, había optado dos veces al Oscar, participado en taquillazos como Gladiator, Señales o En la cuerda floja y conquistado a los cinéfilos con películas como Two lovers o La noche es nuestra.
Sin embargo, como esos eternos insatisfechos que solo encuentran consuelo en despeñarse de vez en cuando, Phoenix decidió ir un poquito más allá y hacerse pasar por sí mismo. Así nació I'm still here , un proyecto a medias con su cómplice habitual, Cassey Afleck. En un infierno de pega con fuego de verdad Affleck y Phoenix se dan un atracón de cinéma vérité con vocación de reality show, una majadería deliciosa para paladares inquietos.
El actor, como el viento, funciona a ráfagas y nunca se sabe de dónde sopla, así que cuando el teléfono suena y una voz desde Los Ángeles dice "¡hey tío, soy Joaquin, ¿qué tal?!", se deduce que la ausencia de publicistas e intermediaros responde a la idea del actor de lo que debe ser un proyecto personal e intransferible: si hay que hacer entrevistas, pues se hacen. Ya ningunearemos al personal en otro momento.
Han pasado ya unos meses, ¿no se arrepiente usted de haber montado todo este circo?
Pues no, la verdad es que estoy muy contento de cómo ha ido todo el proceso y puedo decirte que he aprendido más sobre actuación naturalista en I'm still here que en cualquier otra película que haya protagonizado en el pasado. Casey y yo siempre quisimos hacer una película juntos, algo que pudiéramos controlar de principio a fin. Creo que el resultado es justo lo que queríamos.
Entonces, ¿no teme por el resto de su carrera?
Mira, creo que el esfuerzo valió la pena. La vida y las carreras son largas y hay que lidiar con toda clase de cosas y esta película es un reflejo de esa filosofía. Además, con I'm still here he reactivado mis ganas de actuar, de interpretar, algo que de alguna forma había perdido. De hecho, esta película es el resultado de esas conversaciones en las que Casey y yo decíamos "tío, esto es una porquería, deberíamos dejarlo todo y perdernos por ahí" (risas). Lo que pasa es que al final de esas conversaciones siempre acabábamos hablando de la jubilación, y francamente, el retiro nos sonaba mal.
¿Así empezó la cosa? ¿Hablando de jubilarse?
Bueno, fue algo más complicado: hablamos durante años de la posibilidad de hacer algo juntos y nos gustaba la idea de encontrar un cruce de caminos entre cantantes y actores, nos fascinaba cómo la línea que separa esos dos conceptos se ha borrado completamente y discutíamos todo el rato de cómo construiríamos el personaje. Un día llegamos a un punto absurdo: ¿qué pasaría si el personaje fuera yo y en lugar de llamarle por otro nombre le pusiéramos el mío, vamos, que el tipo se llamara Joaquin Phoenix? La idea nos pareció al mismo tiempo perversa y divertida, y sobre todo peligrosa, muy peligrosa. Esa fue la semilla del proyecto.
Pero lo cierto es que el damnificado es usted...
No vamos a pensar en mí, el personaje se llama Joaquin Phoenix y eso es todo. Si miras Seinfeld o Curb your entusiasm, de Larry David, lo que ves es a esos tipos haciendo personajes con sus propios nombres, con lo cual te obligan a establecer una relación distinta con ellos. Me daba mucha envidia el concepto, igual que cuando veía el show de Sara Silverman, ese personaje que Sara se había construido fue una inspiración: esa parte oscura, la libertad que conlleva poder ser tú mismo. Era un concepto genial.
Pero ¿qué pretendían?
La gente lo procesa de forma distinta, Casey y yo lo encontramos muy divertido pero la experiencia puede ser diferente para cada espectador. No creo que Casey forzara ninguna clase de emoción. Nos gustaba la idea de ver nuestra película como un filme-tabloide. ¿Lees los tabloides? Mucha gente lee los cotilleos y les parece divertido, otros los leen y lo consideran un auténtico drama...
¿Tiene usted esperanzas de que la película se entienda mejor en Europa? En Estados Unidos no parece que haya funcionado demasiado bien.
Eres muy generoso con tus palabras, la realidad es que fue un desastre de proporciones realmente históricas... si la gente conociera los números reales se daría cuenta de la hecatombe de la que estamos hablando. Respondiendo a tu pregunta, no estoy seguro de poder decir por qué ciertas cosas funcionan mal en EE UU y bien en Europa o viceversa, así que no sabría muy bien por qué o cómo, espero que funcione, sin más.
Hubo gente que apostó por usted como firme candidato al Oscar.
Solo espero que no perdieran mucho dinero. En serio, tío, nunca me imaginé nada así, hice lo que me apetecía y nada más.
No parece que le afecte mucho quedarse fuera de la terna de los Oscar...
El gran objetivo de cualquier actor o cineasta hoy en día parece ser ir a los Oscar. Eso me resulta desconcertante. Quizás porque soy un idealista creo que la mayoría de películas deberían aspirar a tener una vida, encontrar a su público, conquistarlo, desconcertarlo... que tu aspiración máxima sea ganar un premio o vender muchos dvds me parece descorazonador. Está bien que valoren tu trabajo, es bonito, pero hay muchas más cosas, el cine se merece más.
Confiéselo, David Letterman lo sabía todo desde el principio, ¿verdad?
Siguiente pregunta...
El documental de Joaquin Phoenix era una farsa
El cineasta Casey Affleck admite que 'I'm Still Here', proyectado en la Mostra de Venezia, es un falso documental
EL PAÍS. EFE - Los Angeles - 17/09/2010
El documental I'm Still Here, que narra los intentos del actor Joaquin Phoenix por triunfar en la música y que fue proyectado en la última Mostra de Venezia, es una farsa, según ha confirmado el director Casey Affleck en una entrevista que publica The New York Times .
Affleck, actor que debutó como cineasta con esta producción, admitió que el objetivo era conseguir que la audiencia "creyera que lo que estaba ocurriendo era real", una situación que llegó al extremo con la aparición de un errático Phoenix en el programa de televisión The Late Show With David Letterman. En aquel espacio se pudo ver a un Phoenix con barba poblada, gafas oscuras y distraído que evitaba seguir el juego de la entrevista.
Ya por entonces surgieron los primeros rumores sobre la falsedad del proyecto musical de Phoenix , que había anunciado en 2008 que dejaba el cine para convertirse en estrella de la canción .
"Es una actuación fabulosa, es la interpretación de su carrera", comentó Affleck sobre el trabajo de Phoenix durante los dos últimos años para la realización del falso documental, lo que le llevó a mantener su aspecto desaliñado y comportamiento confuso tanto profesionalmente como en su vida personal.
Para Affleck el objetivo era contar la desintegración de un famoso sin que el espectador tuviera ideas preconcebidas sobre la cinta.
EL PAÍS. EFE - Los Angeles - 17/09/2010
El documental I'm Still Here, que narra los intentos del actor Joaquin Phoenix por triunfar en la música y que fue proyectado en la última Mostra de Venezia, es una farsa, según ha confirmado el director Casey Affleck en una entrevista que publica The New York Times .
Affleck, actor que debutó como cineasta con esta producción, admitió que el objetivo era conseguir que la audiencia "creyera que lo que estaba ocurriendo era real", una situación que llegó al extremo con la aparición de un errático Phoenix en el programa de televisión The Late Show With David Letterman. En aquel espacio se pudo ver a un Phoenix con barba poblada, gafas oscuras y distraído que evitaba seguir el juego de la entrevista.
Ya por entonces surgieron los primeros rumores sobre la falsedad del proyecto musical de Phoenix , que había anunciado en 2008 que dejaba el cine para convertirse en estrella de la canción .
"Es una actuación fabulosa, es la interpretación de su carrera", comentó Affleck sobre el trabajo de Phoenix durante los dos últimos años para la realización del falso documental, lo que le llevó a mantener su aspecto desaliñado y comportamiento confuso tanto profesionalmente como en su vida personal.
Para Affleck el objetivo era contar la desintegración de un famoso sin que el espectador tuviera ideas preconcebidas sobre la cinta.
viernes, 5 de noviembre de 2010
La cámara más invisible

El festival In-Edit rinde homenaje a D. A. Pennebaker y Chris Hegedus, pioneros del cine documental 'vérité'
Helena Belmonte. El País. Barcelona. 05 de noviembre de 2010
Hace una semana que el festival In-Edit llena las salas con documentales recién estrenados o de un año de vida, a lo sumo. Vemos a Brian Eno probando sintetizadores en su estudio, al rapero Lil Wayne tatuándose la poca piel que le queda sin ocupar, un fabuloso retrato de Harry Nilsson y al veterano Tom Zé dando un magistral taller de música. Ahora que el género está en pleno auge, In-Edit aprovecha para homenajear al hombre que lo revolucionó, el norteamericano D. A. Pennebaker (1925), uno de los pioneros del cinema vérité, y a su colaboradora y esposa, Chris Hegedus (1952). Lo hace proyectando algunos de sus filmes más célebres, en los que los elementos narrativos comunes desaparecen para priorizar la cámara en mano. No hay entrevistas, ni guión preestablecido, ni voz en off; solo la cruda realidad.
"Somos como los cámaras de un partido de fútbol. Nos limitamos a observar", explica el octogenario realizador recostado en el sillón de un hotel de Barcelona. "Lo que nos interesa es filmar a personas que toman un riesgo en su vida, da lo mismo que se trate de Bob Dylan, de John Delorean o de un chef", añade Hegedus. "Cuando empecé -continúa- la mayoría de documentales que veía me aburrían, porque todos eran sobre animales o sobre la II Guerra Mundial. Entonces vi lo que hacían Pennebaker, Robert Drew y Albert Maysles y me fascinó. Era como ver una película de Hollywood, con una trama y unos personajes. Me di cuenta de que eso era lo que quería hacer". A finales de la década de 1970 empezó a colaborar con su marido.
Casi tres décadas después, Pennebaker sigue de actualidad. Las entradas para ver Depeche Mode 101 (1988) y Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1973) este domingo están agotadas desde hace días. "Cuando veías a David Bowie, un animal tan sexual en el escenario, era como ver el volcán Etna en erupción. Hay gente que es así y hay que filmarla", explica. Algunas veces es posible y otras no. "Empecé un filme sobre Bobby Kennedy, pero no pude acabarlo porque era demasiado caro viajar con él. También me interesaba Jim Morrisson, pero no encontré el momento adecuado", dice. También le gustaría filmar a Lady Gaga. "Sería interesante observarla, aunque no sería como antes, porque tendríamos que hacerlo en mitad de un barullo de representantes, agentes, músicos... Sería muy duro, aunque luego nadie sería capaz de olvidarla", añade. "En realidad, las películas vienen a nosotros como gatos callejeros, no las solemos ir a buscar", explica.
D. A. Pennebaker, autor del que está considerado el mejor rockumental de la historia, Don't look back (1967), en el que siguió a Bob Dylan durante su gira por Reino Unido en 1965, sigue en plena forma. En mayo, la pareja de realizadores retransmitió en vivo por YouTube a la banda The National y ahora estrenan por primera vez en España (el domingo lo presentan en la Filmoteca de Barcelona) Kings of Pastry, en el que han seguido los pasos del fundador de la Escuela Francesa de Chicago, Jacquy Pfeiffer, para competir con los mejores chefs.
Además de la retrospectiva en In-Edit, la Filmoteca, en colaboración con el festival, celebra un ciclo hasta el domingo en el que se proyectarán otras películas de la pareja, como The War Room, (1993), en la que siguieron a Bill Clinton durante la campaña por las presidenciales de 1992.
viernes, 3 de julio de 2009
La madre de todas las propagandas

La Guerra filmada reune las películas, documentales y noticiarios rodados por las diversas facciones que combatieron en la Guerra Civil
Carlos Prieto. Público. Madrid. 01 de julio de 2009
La Plaza Mayor de Salamanca se viene abajo. Y no es para menos: Francisco Franco y el Embajador alemán Wilhelm von Faupel irrumpen escoltados por la Guardia Mora a caballo. Una multitud enloquecida recibe a los prohombres blandiendo alegremente toda clase de esvásticas. Es posible que los salmantinos también berreen desgañitados "a por ellos, oe" al paso del generalísimo, pero nunca lo sabremos: el único sonido que acompaña a las imágenes es un popurrí de los himnos alemán y español. Sin más comentarios.
El filme Presentación de credenciales del Embajador de Alemania en Salamanca se rodó en 1937 y es una de las 37 películas, documentales y noticiarios incluidos en La Guerra filmada, edición de cuatro DVD del material rodado por las facciones que lucharon en la Guerra Civil que se conservaba en la Filmoteca Española. Las películas se muestran en bruto, sin interpretaciones o montajes posteriores, aunque están precedidas por unos concisos comentarios contextualizadores del historiador Julián Casanova.
"Yo no hablaría de neutralidad porque mi mano está detrás de la selección y de la estructura, aunque la idea es mostrar símplemente cómo se filmó la Guerra en su momento, de ahí el título", explica Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.
Los límites del cine militante
La Guerra Filmada es, por tanto, una muestra de propaganda en estado puro. "Los documentales hechos en tiempos de guerra siempre son propagandísticos porque se realizan bajo unas circunstancias extraordinarias", cuenta Casanova. "Se trata de impactar al espectador, convencerle que tus enemigos son malvados y de que tus motivos son justos. Todos los filmes están muy ideologizadas", añade.
Pero la propaganda tiene sus límites. Tanto que, en ocasiones, algunas películas se volvieron contra sus autores por un exceso de ardor guerrero. Pese a que la mayor parte del material incluido en La Guerra Filmada se emitió en TVE en 2006, la edición en DVD se ha retrasado por las reticencias de la CNT a ceder los derechos de algunas de las imágenes filmadas durante la Guerra por el sindicato anarquista.
"Pensaban que se destacaba mucho la violencia durante la revolución social de Barcelona, en lugar de resaltar sus logros. Y es que, el nivel de agresividad verbal anticlerical y las iglesias humeantes que se ven en algunas imágenes todavía impresionan", dice Casanova sobre el filme Reportaje del movimiento revolucionario en Barcelona, rodado al inicio del conflicto por la Oficina de Información y Propaganda de la CNT-FAI.
La controversia sobre sus secuencias, que incluyen las célebres imágenes de una multitud contemplando momias de monjas desenterradas en la entrada de un templo (el locutor del reportaje advierte que los cadáveres momificados presentan huellas de amortajamiento, prueba, dice, de que las monjas eran torturadas por sus propias compañeras) viene de lejos.
El plano de las momias del convento de las Salesas es "una secuencia visual de descomunales resonancias e inagotable circulación. Puede contarse entre las más citadas y pervertidas de toda la historia de la Guerra Civil y acaso de toda la historia de la propaganda. No era necesaria la visión de un profeta para intuir que el enemigo podía organizar una contrapropaganda sumamente eficaz, pues el propio locutor del documental, presa de la euforia, casi se autocalificaba de profanador y sacrílego", explica Vicente Sánchez Biosca, autor del ensayo Cine y Guerra Civil Española (Alianza, 2006).
Dicho y hecho: la cinta cayó en manos de las autoridades alemanas, que la hicieron circular "remontada y en un sentido ideológico condenatorio. La transparencia e inequivocidad de los planos relativos a las momias desenterradas fue causa o excusa para demostrar sobre bases documentadas la persecución religiosa que había tenido lugar en España", añade Biosca. Y las imágenes siguen trayendo cola siete décadas después. "TVE dudo mucho sobre la conveniencia de emitirlas, pero yo era partidario de que primara la libertad de expresión", dice Casanova.
El verbo florido del Caudillo
Con todo, dentro del fervor propagandístico, Casanova diferencia entre filmes que también destacan por su calidad técnica, como España 1936, escrito por Luis Buñuel, y películas tan desatadas en su delirio militante que "parecen de otra galaxia", como la protagonizada por Franco en Salamanca bajo un mar de esvásticas.
La Guerra Filmada contiene todo tipo de ejemplos de propaganda burda, como ese breve filme (Las joyas que se llevaba Negrín) sobre una maleta que supuestamente (y es mucho suponer) fue encontrada por los franquistas en casa del presidente de la República Juan Negrín. El filme sólo muestra a una enigmática mujer de negro que saca bisutería de una maleta mientras una voz en off asegura que se trata de "alajas de valor incalculable robadas a particulares" o "coronas de vírgenes procedentes del saqueo de las iglesias" que Negrín utilizaba para agasajar a sus encantadas amigas.
Pero el broche de oro del humorismo involuntario lo pone el propio generalísimo, en un discurso filmado en su despacho salmantino en 1937. Tras glosar en una barroca parrafada las características de su futuro gobierno (el arranque no tiene desperdicio: "Un Estado totalitario armonizará (sic) en España...), Franco decide de pronto resumir todo lo dicho anteriormente "en una palabra", y en un sobrio ejercicio de contención remata con un escueto: "La semilla de nuestro patriotismo regada con la sangre de tantos mártires hará fecunda la cosecha de la cual las mejores espigas las hemos de depositar en el altar augusto de la patria". Vamos, lo que se dice una palabra.
sábado, 9 de mayo de 2009
Fraga y Carrillo, un pique de cine

Los políticos acuden por separado al estreno de un documental sobre sus vidas
Gregorio Belinchón - El País. Madrid - 07/05/2009
"Contaban chistes sobre el biquini como éste. Un guardia se acerca a una chica del norte y le dice: 'Están prohibidos en esta playa los bañadores de dos piezas'. Y la nórdica le responde: '¿Cuál quiere que me quite?". El chiste es el único momento de humor que Manuel Fraga -siete años ministro de Información y Turismo en pleno franquismo- se permite en el doble documental Últimos testigos. El único, dependiendo de cómo se tome la frase final en el filme del político gallego, que asegura, debido a su infancia en el Caribe truncada cuando su madre decidió que el trópico no era un buen lugar para educar a sus hijos: "Si nos hubiéramos quedado en Cuba, yo podría haber sido Fidel Castro".
Ayer, en la presentación de la película, testamento político y personal de la pareja, Manuel Fraga ratificó lo de Castro, pero no dio ni un respiro más. Y menos aún a su compañero de documental, Santiago Carrillo. Últimos testigos, que se estrena este viernes en Madrid y Barcelona, se divide en dos piezas: la primera, dirigida por José Luis López Linares, está centrada en el fundador de Alianza Popular, y la segunda, más larga y cinematográfica, ha sido realizada por Manuel Martín Cuenca y está protagonizada por el durante 42 años secretario general del Partido Comunista de España.
Ambos asistieron al encuentro con la prensa, pero de forma separada. Ni siquiera se cruzaron por los pasillos de la sede de la Academia del Cine, anfitriona de la proyección. En diciembre coincidieron en el programa 59 segundos y allí discutieron por un quítame allá aquel Paracuellos y la Memoria Histórica. En el Festival de Cine de Málaga, Carrillo, de 94 años, aseguró que había envejecido mejor que Fraga, de 86. La respuesta: "Él sabrá. A mí me han dicho que estuve mejor en 59 segundos; y yo he seguido en primera línea de la política y a él le expulsaron de Izquierda Unida. Da la sensación de que él no ha perdonado. Hemos tenido relaciones cuando había que tenerlas. No fui a Málaga porque estaba con la campaña gallega". Preguntado por el filme, aseguró que sólo había visto su parte, y con sentido cinematográfico. "Yo la emoción la tengo superada".
Santiago Carrillo, segundo en orden de comparecencia, replicó: "Yo no he dejado atrás la emoción. Me sigo apasionando como cuando tenía 19 años. Tengo una gran curiosidad por el presente y el futuro. En todo caso, admiro la capacidad de Fraga para no emocionarse. Hemos estado enfrentados toda la vida. Si habláramos de política saldríamos tarifando, aunque valoro que durante la transición atrajera al ámbito constitucional a un sector muy reticente. Para que envejezca bien, a Fraga el único consejo que puedo darle es que fume... y que deje de ser de derechas".
Tanto en la parte del documental centrada en su figura y titulada Carrillo, comunista, como en la rueda de prensa, el veterano político fue preguntado sobre su responsabilidad en la matanza de noviembre de 1936 en Paracuellos, cuando se evacuó a los presos de las cárceles madrileñas y de entre 2.500 a 5.000 fueron fusilados en esa localidad. Carrillo era miembro de la Junta de Defensa de la capital, al mando del general Miaja. "Ni di la orden, ni me enteré en su momento. Ni siquiera estaba bajo mi jurisdicción. En Madrid no había ni ejército y sí muchos desplazados con ánimos de revancha. Si tengo alguna responsabilidad, es la de no poder haber usado una varita mágica para haber impuesto el orden legal republicano". En la pantalla apunta un posible culpable, aunque pide no contarlo a la cámara. Manuel Fraga también se guarda otro secreto en el filme, pero en su caso lo desvela Manuel Milián Mestre, su mano derecha durante muchos años y guionista de la pieza: al gallego el rey Juan Carlos le propuso ser número dos del Gobierno de Adolfo Suárez. Fue la única vez que Fraga rechazó un cargo de poder.Carrillo: "Para que Fraga envejezca bien, le recomiendo que fume"
miércoles, 29 de abril de 2009
El Holocausto no es un espectáculo

Javier Rodríguez Marcos
EL PAÍS, 19 de abril de 2009
La lista original de Schindler ha dado la vuelta al mundo
Ahora, la memoria interesa
La recuperación del genocidio la inició la televisión
La lista de Schindler existe. Apareció hace 15 días en una biblioteca australiana entre los papeles de Thomas Keneally, autor en 1982 de la novela que Steven Spielberg convirtió 11 años después en la película sobre el Holocausto más popular de la historia. El descubrimiento del documento original, 13 páginas amarillentas con 801 nombres de judíos salvados de la muerte por un industrial alemán, dio la vuelta al mundo. Una muestra más del poder del cine a la hora de despertar el interés por la historia.
Los cines y las librerías se han llenado esta temporada de películas y libros sobre el genocidio judío y sus alrededores: el régimen hitleriano y la Segunda Guerra Mundial. Aunque el tema es ya todo un subgénero cinematográfico y literario, la trascendencia pública de filmes como El niño con el pijama de rayas (basado en un libro del que la editorial Salamandra lleva vendidos dos millones de ejemplares en dos años), The reader (que le valió un Oscar a Kate Winslet) o Valkiria (encabezada por una megaestrella de Hollywood como Tom Cruise) ha vuelto a despertar la polémica en torno a los límites del arte (y el espectáculo) a la hora de representar un acontecimiento que partió para siempre en dos la historia del siglo XX.
A esos títulos cabría añadir películas recientes o inminentes como Desafío, La condición humana, Adam Resurrected, Un secret o Plus tard tu comprendras, y la no tan lejana y también oscarizada Los falsificadores. Sin olvidar libros aparecidos en las últimas semanas como Me llamaba Pikolo, del célebre compañero de Primo Levi en Auschwitz, o el diario de Hélène Berr, publicitado como una mezcla entre Ana Frank e Irène Némirovsky.
El tema, está claro, tiene un público garantizado, pero no siempre fue así. El filósofo Reyes Mate, investigador del CSIC y uno de los grandes estudiosos europeos del Holocausto, recuerda que hace tan sólo 10 años propuso a dos grandes editoriales españolas que tradujeran La especie humana, un clásico entre los testimonios de deportados. El autor era Robert Antelme, el marido de Marguerite Duras, y en Francia había aparecido en 1957. La respuesta, cuenta Mate, fue rotunda: "Eso no interesa a nadie". La pequeña editorial Arena lo publicó finalmente en 2001. Otro ejemplo: uno de los libros de 2006 fue Vida y destino, de Vassili Grossman, que llevaba publicada en España desde 1985. Que la más reciente fuera la primera versión directa del ruso no explica del todo el súbito interés.
¿Qué ha pasado, pues, para que el Holocausto haya encontrado por fin sus lectores y espectadores, es decir, sus consumidores? El propio Reyes Mate, autor de Memoria de Auschwitz. Actualidad moral y política, apunta dos razones. Una: hay muchos documentos por publicar. Dos: ahora la memoria interesa.
Aunque es difícil superar hitos como Primo Levi, Jean Améry o el propio Antelme, queda mucho material inédito depositado en los diversos museos del Holocausto, empezando por el de Jerusalén. Material por publicar y material por conocer. La edición del diario de Berr se cierra con una extensa nota en la que el Centro de Documentación Judía Contemporánea de París hace un llamamiento a todos los que puedan tener materiales de ese tipo. Fue así, entre las decenas de cartas, fotos, objetos y documentos que reciben anualmente como depósito, les llegó ese libro hace siete años.
Jorge Semprún, superviviente de Buchenwald, suele decir que cuando muera el último deportado quedarán sus historias pero se perderá para siempre el recuerdo del olor de los crematorios. En esa línea, la novelista española Juana Salabert apunta a la urgencia por saber todo lo posible antes de que desaparezcan los testigos, como una explicación más para el fenómeno. Hija de exiliados españoles en Francia y autora de Velódromo de invierno, una novela sobre las deportaciones masivas de 1942 que ganó el Premio Biblioteca Breve, Salabert añade: "No hace tanto que pasó. ¿Qué son 60 años? Estamos hablando de nuestros abuelos".
Retomando su segundo argumento, el actual interés por la memoria, Reyes Mate señala que no se trata sólo de un fenómeno español, sino de una tendencia general. Claro que él mismo subraya que también el olvido fue durante décadas una tendencia general: "Al final de la Segunda Guerra Mundial la consigna fue ésa, olvidar. Y no sólo en Alemania, donde tenían un país por reconstruir, también en Estados Unidos. Allí las asociaciones judías recomendaron a los supervivientes que se integraran discretamente, que no molestaran con sus historias".
Pero todo cambió en los años ochenta. Y el cambio no lo trajo ni la historiografía ni la investigación. Lo trajo la televisión. El interés masivo por el Holocausto nació a la vez que se abría la polémica, que dura hasta hoy, sobre la manera de contarlo en una pantalla. Entre el 16 y el 19 de abril de 1978, 120 millones de personas vieron en Estados Unidos una serie producida por la NBC a partir de una novela de Gerald Green: Holocausto.
La historia cruzada de dos familias (una judía y una nazi) cambió para siempre la percepción del mundo sobre un genocidio que pasó a llamarse con el título de la serie, un término que se impuso a los más utilizados hasta entonces: Auschwitz o, siguiendo acríticamente la terminología de los verdugos, Solución Final. Del poder del cine como detonante (y fabricante) de la memoria da una idea también el hecho de que en Francia el término más extendido hoy, Shoah, sea el título de la película de nueve horas dirigida por Claude Lanzmann en 1982.
De pretensiones realistas y tintes melodramáticos, Holocausto generó tal controversia que animó a varias universidades estadounidenses a promover proyectos para recoger los testimonios de los supervivientes. Como ironizó algún historiador crítico: primero llegó el kitsch, luego la ciencia. Se estima que 500 millones de espectadores vieron la serie en todo el planeta, pero en ningún lugar causó el efecto que en Alemania, donde se emitió en 1979, hace ahora 30 años. Aunque es ya famosa la crítica de Der Spiegel en la que se describía la serie como "el genocidio rebajado al nivel de Bonanza, con música de Love Story", los guionistas consiguieron lo que no habían conseguido los historiadores: romper el tabú de los alemanes sobre su propio pasado.
"Yo estudié en Alemania en los años sesenta y setenta", relata el propio Reyes Mate, "y allí no se hablaba del Holocausto. Ni siquiera se veían las típicas películas del americano bueno y el nazi malo. La televisión puso el tema en el centro del debate nacional. Opinaba todo el mundo: los taxistas, los periodistas, no sólo los historiadores. Se notaba en la calle".
Algo parecido, aunque más tarde que en Alemania, sucedió en Francia, cuenta Juana Salabert. Sólo con Chirac, en los años noventa, se empezó a hablar de la responsabilidad del Estado en las deportaciones: "Del Estado y de muchos franceses. Hasta entonces todo se había reducido al colaboracionismo de unos pocos". Del silencio de los padres se pasó a las preguntas de los hijos, y de éstas, hoy, a la petición de responsabilidad de los nietos. Salvadas todas las distancias, una relación no muy distinta de la de las diferentes generaciones de españoles con la Guerra Civil.
No obstante, muchos de los que defienden la necesidad de salvaguardar la memoria del Holocausto alertan sobre la proliferación de películas que lo tienen como tema, una avalancha que llega, dicen, acompañada de dos grandes peligros: la banalización exhibicionista del horror y, en una nueva vuelta de tuerca, la identificación con los verdugos. "Para muchos espectadores estadounidenses", escribió el crítico de The New York Times A. O. Scott, "una película sobre el Holocausto equivale hoy a un western". Es decir, a una obra de género más cercana al entretenimiento que a la historia.
Para los críticos, con ciertos usos del Holocausto en la ficción el gran riesgo está en atravesar la frontera entre explicar, comprender y justificar. A la luz de películas como Valkiria, sobre el atentado frustrado contra Hitler, y The reader, sobre una celadora de un campo de concentración, Salabert apunta: "Noto que el interés empieza a pasar de la mirada de la víctima a la del verdugo". Aunque reconoce que la actuación de Winslet es "excelente" a la hora de mostrar los miedos cotidianos de una ex nazi advierte: "Un pasito más y diremos: eran las circunstancias; hay que comprender".
¿Y qué dicen las víctimas? Rosa Toran, presidenta de Amical de Mauthausen, que agrupa a deportados y familiares de deportados a los campos nazis, indica que el alud de películas sobre el Holocausto no siempre ayuda porque no discrimina: "Hay un revival peligroso ligado a veces a que la estética nazi es atractiva para mucha gente. Además, es muy grave presentar a los implicados en el complot contra Hitler como resistentes. Los verdaderos resistentes no lo fueron sólo en 1944, cuando vieron la guerra perdida. El problema de la ficción frente al documental es que se queda en las acciones heroicas aisladas y no indaga mucho más".
No obstante, Toran no duda respecto a mostrar la normalidad de los verdugos: "Claro que hay que hablar de ellos. Eran personas normales, no demonios con superpoderes. Otorgarles normalidad es generar antídotos para que no vuelva a suceder. Además, explicar no es justificar".
Reyes Mate abunda en esa opinión recordando la polémica provocada por la película El hundimiento, que cuenta las últimas horas de Hitler en su búnker berlinés: "El cine tiene el peligro de que, por sus propios mecanismos, busca la identificación del espectador con el protagonista, pero hay que correr el riesgo de hablar de la normalidad de los criminales para que no se piense que el genocidio judío fue obra de cuatro locos".
La banalidad del mal, lo llamó Hannah Arendt, que, frente a los que al hablar del horror del Holocausto se refugian en lo inexplicable, fue rotunda: si Auschwitz sobrepasa toda noción de justicia y humanidad habrá que repensar desde cero el derecho y las ciencias humanas. "Cuando sucede lo impensable aparece lo que da que pensar", añade Mate. Ése es para él el potencial del Holocausto para las generaciones futuras: "Lo que queda es tomarse en serio toda esa memoria, pasar de la emoción a la interpretación y pensarlo todo a la luz de lo que ocurrió, no seguir como si no hubiera ocurrido. Todo: la política y la propia idea de progreso, la ética y, por supuesto, el arte". E insiste, explicar no es comprender. "La gran singularidad de la Shoah es que siempre habrá un abismo entre las causas que nos damos y lo que ocurrió. No sólo un abismo moral, también racional. El odio a los judíos no da para matar a un millón de niños".
Tal vez por eso algunos supervivientes valoran, frente al verismo de La lista de Schindler, el absurdo de La vida es bella. Es el caso de Imre Kertész, que reconoció en la atmósfera irreal de la película de Benigni, criticada por teñir de comedia el drama de un campo de exterminio, "una característica esencial" de lo que él vivió en Auschwitz: "El hedor de la carne quemada nos revolvía el estómago y, sin embargo, no podíamos creer que fuera cierto".
sábado, 14 de febrero de 2009
El baile del horror. Entrevista a Ari Folman, director de "Vals con Bashir"
EL PAÍS
14 de febrero de 2009
Juan Miguel Muñoz
El israelí Ari Folman fue uno de los invasores de Líbano en 1982. Ahora triunfa en todo el mundo con su historia animada Vals con Bashir, un relato sobrecogedor sobre la guerra y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila que derrocha antibelicismo. El filme es uno de los grandes favoritos al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.
La fotografía en blanco y negro domina una pared del luminoso apartamento de Ari Folman en Jaffa, la antigua ciudad palestina engullida en el casco urbano de Tel Aviv. El boxeador Cassius Clay, Mohamed Alí, tras su conversión a la fe musulmana, retratado en su plenitud. A juicio del director de Vals con Bashir, "el mejor deportista de la historia". Y no por aquel juego de pies, aquella danza que enloquecía a sus rivales, sino por su valentía a la hora de defender unos principios. "Pagó por su ideología. Fue despojado del título de los pesos pesados por negarse a luchar en Vietnam. Es el primer rapero". ¿Y Michael Jordan? "No es humano. Demasiado perfecto, y políticamente correcto", explica Folman. El cineasta es autor de la película de animación sobre la guerra de Líbano de 1982 y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila. Unos acontecimientos narrados desde la perspectiva del director -a su vez protagonista- y de sus compañeros de unidad que dejaron graves secuelas en la sociedad israelí, y cuya huella perdura porque el vals de la guerra nunca cesa en Oriente Próximo. El creador forma parte del puñado de israelíes comprometidos con causas sumamente impopulares en su país. Se considera de "extrema izquierda". No en la acepción que el término atesora en Europa. En Israel, la etiqueta alude a las posiciones políticas más tolerantes respecto al conflicto con los palestinos y los países árabes. Muchos son apestados. Folman tiene la fortuna de no serlo. Y, en todo caso, no parece preocuparle.
El artista traslada al espectador al Beirut más real, a sus edificios marcados por la metralla, a sus calles decrépitas, a su Corniche... La animación es de un realismo total. Los paisajes del sur de Líbano, los personajes -algunos de ellos renombrados políticos- son inconfundibles en una obra que derrocha antibelicismo. Pero ¿por qué el formato de la animación? "La guerra", comenta Folman, "es la cosa más surrealista de la Tierra. La película es un mensaje contra la guerra, y quería contar una historia personal. No hay ningún glamour en la guerra. La única forma de hacer esta película era mediante la animación porque trata de la memoria perdida, de los sueños y del subconsciente. La libertad artística es lo más importante para mí, y la animación me otorga esa libertad". ¿Y por qué la idea del vals? "La metáfora del baile es que Israel estuvo danzando con los falangistas cristianos libaneses, y mira cómo acabamos. Te proporciona la atmósfera de que el tiempo no tiene fin. En términos cinematográficos el baile permanece para siempre, ya dure un segundo o diez minutos".
La escena del soldado israelí que dispara enardecido en cualquier dirección, girando sobre sus pies, en medio de un intercambio de fuego, en una avenida adornada con carteles del líder de las Falanges cristianas, Bashir Gemayel, es el compendio del filme. Es el vals de Israel con Bashir, aliados en la batalla contra los palestinos. Esos carteles, ya ajados y de más reducido tamaño, todavía se observan en Ashrafiyeh, el barrio maronita de Beirut por excelencia, que sufrió -como toda la capital libanesa, como todo el país- aquel baile sangriento que arrancó con una promesa del ministro de Defensa, Ariel Sharon, a su primer ministro, Menájem Beguin: la campaña se prolongaría sólo 40 días. Los soldados permanecieron 18 años. Sharon engañó hasta a su jefe, y lanzó sus tropas hasta conquistar Beirut. Sólo en mayo de 2000 abandonaron el país árabe.
Los 26 perros contra los que disparaba un compañero de armas del protagonista de la cinta -el propio Folman- parecen perseguir al autor desde aquella invasión de Líbano, desatada en junio de 1982. Rechazaba ese uniformado apretar el gatillo contra los lugareños libaneses y sus casas, y se encargaba de abatir a los canes, porque sus ladridos advertían a los milicianos palestinos de la inminencia de un ataque de las tropas israelíes contra esos pueblos de viviendas dispersas sobre las colinas redondas del sur libanés. Pero no ha tratado Folman con su obra de superar trauma alguno. "Quise conectarme con el joven que fui porque ese joven es parte de mí", asegura.
¿Por qué 26 años después? "No quise tratar con mi pasado hasta hace cinco años, y a muchos amigos les sucede lo mismo. Pero una combinación de circunstancias que me ocurrieron en la vida me condujeron a hacer la película. Hace cinco años quise librarme de acudir a la reserva y el Ejército me eximió del servicio. Pero puso una condición: debía acudir al psicólogo para contar todo lo que hice en el Ejército. Quizás hacían un experimento conmigo, pero me conmocionó porque nunca había contado mi historia". El director, nacido en Haifa en 1962, elude criticar a quienes no llevan a cabo ese ejercicio de introspección. "A muchos soldados les brota el recuerdo de lo que hicieron en filas 5 o 10 años después. Nunca sabes cuándo aflorará. Cada cual puede hacer lo que quiera. Es una cuestión personal", afirma Folman, que sueña con regresar, tal vez para seguir investigando en su conciencia. "Quiero volver a Líbano, pero no puedo". Ni Israel ni Líbano autorizan a sus ciudadanos a visitar el Estado aún enemigo.
Las bengalas lanzadas por soldados israelíes iluminaban el cielo de los campos de refugiados de Chabra y Chatila, arrabales inmundos de Beirut, para facilitar la carnicería perpetrada por los cristianos libaneses. Folman era uno de los uniformados que luchaba en la campaña militar libanesa, ignorante de que en aquellos instantes, en septiembre de 1982, los falangistas perpetraban una brutal matanza de mujeres, niños y ancianos en venganza por el atentado con explosivos que acabó con la vida del líder de las milicias cristianas: el carismático Gemayel. Los hombres armados de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ya habían escapado de Beirut. "Por supuesto que el Ejército israelí participó indirectamente. Los soldados no sabíamos lo que sucedía en Chabra y Chatila en aquel momento. Bastante teníamos con cuidar de nosotros y de nuestros muertos", dice el director.
Cuelgan pendientes de sus orejas, lía cigarrillos, contesta siempre con respuestas concisas e intercala comentarios sobre fútbol. Es seguidor del Liverpool y admirador del Athletic de Bilbao: "Me gusta su temperamento y que no cuente con jugadores extranjeros". Podría ganar Folman premios en un concurso sobre este deporte. Aunque más en su campo. Ya ha cosechado con Vals con Bashir galardones tan relevantes como el Globo de Oro y compite ahora para lograr el Oscar de Hollywood como mejor película de habla no inglesa. Si gana la estatuilla dorada, en Israel le aguardará una alfombra roja a la que no parece muy adicto.
"Me conmovió cómo el Gobierno israelí y el establishment apoyaron la película. Entiendo que pretenden demostrar que este país es plural, y de paso que el Ejército no ejecutó la masacre. Cuando presenté la película en el Festival de Cannes, mucha gente no sabía que los israelíes no dispararon directamente contra los palestinos en Chabra y Chatila", precisa el artista antes de añadir: "El Gobierno me ha enviado a promocionar la película por todo el mundo. No todo es malo. Esta sociedad es mucho más abierta y libre que las de los países vecinos". No hay duda al respecto. El mimo que le dispensa no es impedimento para que lance críticas feroces contra los gobiernos israelíes y su intransigencia a la hora de negociar.
"Si hubiéramos elegido hace tiempo a un socio entre los suníes de Líbano", enfatiza Folman, "podríamos haber hecho la paz. Es con los religiosos con quienes podemos conseguirlo. Pero Israel siempre escoge a los socios equivocados. En Líbano, elegimos a los cristianos y ya ves lo que sucedió. También optamos por la Organización para la Liberación de Palestina. Otro error. Había grupos musulmanes con los que negociar. Hoy tenemos a Hamás. Soy partidario de dialogar con ellos. Éste es un conflicto sobre un estúpido trozo de tierra. Pero nunca hemos hablado con ellos. Jamás les hemos dado una oportunidad".
Con ancestros en una familia polaca originaria de Lodz, supervivientes del Holocausto, el director recapacita cuando se dispone a contestar a la pregunta: ¿conocen los israelíes su historia? "Mucha gente la ignora. O dicen que lo que le han explicado es la historia, que las fronteras cambiaron... Otros muchos sí que la conocen, pero eso no cambia su mentalidad". Probablemente en este segmento de la audiencia se encuadran los espectadores que abandonaron la sala al poco tiempo de comenzar la proyección, poco después de su estreno en Jerusalén. "Creo que Israel debe aprender del Holocausto, pero no obsesionarse. Debe aprender del pasado. Los judíos no hemos sido cazados desde entonces nunca más. Los nazis son historia. No hay amenazas como aquélla. Es cierto que ahora hay amenazas diferentes, pero Israel es ahora un país fuerte, con gran apoyo internacional. Es verdad que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, está loco. Pero son una minoría a la que no debemos dejarle el escenario. Estoy seguro de que la gente desea una vida normal, también en Gaza".
En opinión de Folman, los gobernantes hebreos tampoco atinan en la diana. "El problema de Israel es que invierte el dinero en tanques y en colonias (en territorio ocupado). Yo creo que se puede alcanzar un acuerdo con los palestinos, es sólo cuestión de liderazgo. Sin embargo, ahora no veo a ningún dirigente israelí capaz de hacerlo. A la gente que mamó su ideología en casa es a la que más le cuesta cambiar. Y eso es lo que le ocurre a Tzipi Livni. La gente educada en la ideología es un desastre". No alberga Folman demasiadas razones para la esperanza. La ministra de Exteriores es hija de un alto oficial del Irgún, el movimiento clandestino hasta la fundación del Estado y a cuyo líder, Beguin, tildaron de "fascista" sus rivales laboristas muchos años después. Benjamín Netanyahu también es hijo de un historiador fiel a las tesis más derechistas, y el candidato del Laborismo, Ehud Barak, es el militar más laureado de la historia de Israel. "Es terrible que los ex militares rijan el país. No saben lo que es la democracia. Sólo saben dar órdenes".
Al concluir la cinta, imágenes reales de la masacre de unos 1.700 inocentes palestinos son el punto final al relato animado. No vaya a ser que alguien piense que todo es fruto de la imaginación del artista. "Las guerras son estúpidas. No sirven para nada. Creo que todo lo que se haga para evitarlas es bueno. Quiero que mis líderes hagan todo lo posible por impedirlas, pero no lo hacen. Para ellos, la pérdida de vidas es parte de la vida", comenta el cineasta. "No hemos aprendido nada", prosigue. "Tenemos unos líderes inútiles. Mira la segunda guerra de Líbano, en 2006. Es un déjà vu". En aquellos días de julio de 2006, Folman se fugó. "Me escapé a una isla griega con mi esposa y mis tres hijos. Sólo regresé cuando había terminado". Nunca hay punto final. En Cisjordania, y sobre todo en Gaza, el macabro vals continúa. -
Vals con Bashir, de Ari Folman, se estrena en España el próximo viernes, día 20. El filme ha conseguido el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa, categoría para la que también opta a los Oscar, cuya ceremonia se celebra el día 22. Canal + estrena la película en junio.
14 de febrero de 2009
Juan Miguel Muñoz
El israelí Ari Folman fue uno de los invasores de Líbano en 1982. Ahora triunfa en todo el mundo con su historia animada Vals con Bashir, un relato sobrecogedor sobre la guerra y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila que derrocha antibelicismo. El filme es uno de los grandes favoritos al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.
La fotografía en blanco y negro domina una pared del luminoso apartamento de Ari Folman en Jaffa, la antigua ciudad palestina engullida en el casco urbano de Tel Aviv. El boxeador Cassius Clay, Mohamed Alí, tras su conversión a la fe musulmana, retratado en su plenitud. A juicio del director de Vals con Bashir, "el mejor deportista de la historia". Y no por aquel juego de pies, aquella danza que enloquecía a sus rivales, sino por su valentía a la hora de defender unos principios. "Pagó por su ideología. Fue despojado del título de los pesos pesados por negarse a luchar en Vietnam. Es el primer rapero". ¿Y Michael Jordan? "No es humano. Demasiado perfecto, y políticamente correcto", explica Folman. El cineasta es autor de la película de animación sobre la guerra de Líbano de 1982 y la matanza de palestinos en Chabra y Chatila. Unos acontecimientos narrados desde la perspectiva del director -a su vez protagonista- y de sus compañeros de unidad que dejaron graves secuelas en la sociedad israelí, y cuya huella perdura porque el vals de la guerra nunca cesa en Oriente Próximo. El creador forma parte del puñado de israelíes comprometidos con causas sumamente impopulares en su país. Se considera de "extrema izquierda". No en la acepción que el término atesora en Europa. En Israel, la etiqueta alude a las posiciones políticas más tolerantes respecto al conflicto con los palestinos y los países árabes. Muchos son apestados. Folman tiene la fortuna de no serlo. Y, en todo caso, no parece preocuparle.
El artista traslada al espectador al Beirut más real, a sus edificios marcados por la metralla, a sus calles decrépitas, a su Corniche... La animación es de un realismo total. Los paisajes del sur de Líbano, los personajes -algunos de ellos renombrados políticos- son inconfundibles en una obra que derrocha antibelicismo. Pero ¿por qué el formato de la animación? "La guerra", comenta Folman, "es la cosa más surrealista de la Tierra. La película es un mensaje contra la guerra, y quería contar una historia personal. No hay ningún glamour en la guerra. La única forma de hacer esta película era mediante la animación porque trata de la memoria perdida, de los sueños y del subconsciente. La libertad artística es lo más importante para mí, y la animación me otorga esa libertad". ¿Y por qué la idea del vals? "La metáfora del baile es que Israel estuvo danzando con los falangistas cristianos libaneses, y mira cómo acabamos. Te proporciona la atmósfera de que el tiempo no tiene fin. En términos cinematográficos el baile permanece para siempre, ya dure un segundo o diez minutos".
La escena del soldado israelí que dispara enardecido en cualquier dirección, girando sobre sus pies, en medio de un intercambio de fuego, en una avenida adornada con carteles del líder de las Falanges cristianas, Bashir Gemayel, es el compendio del filme. Es el vals de Israel con Bashir, aliados en la batalla contra los palestinos. Esos carteles, ya ajados y de más reducido tamaño, todavía se observan en Ashrafiyeh, el barrio maronita de Beirut por excelencia, que sufrió -como toda la capital libanesa, como todo el país- aquel baile sangriento que arrancó con una promesa del ministro de Defensa, Ariel Sharon, a su primer ministro, Menájem Beguin: la campaña se prolongaría sólo 40 días. Los soldados permanecieron 18 años. Sharon engañó hasta a su jefe, y lanzó sus tropas hasta conquistar Beirut. Sólo en mayo de 2000 abandonaron el país árabe.
Los 26 perros contra los que disparaba un compañero de armas del protagonista de la cinta -el propio Folman- parecen perseguir al autor desde aquella invasión de Líbano, desatada en junio de 1982. Rechazaba ese uniformado apretar el gatillo contra los lugareños libaneses y sus casas, y se encargaba de abatir a los canes, porque sus ladridos advertían a los milicianos palestinos de la inminencia de un ataque de las tropas israelíes contra esos pueblos de viviendas dispersas sobre las colinas redondas del sur libanés. Pero no ha tratado Folman con su obra de superar trauma alguno. "Quise conectarme con el joven que fui porque ese joven es parte de mí", asegura.
¿Por qué 26 años después? "No quise tratar con mi pasado hasta hace cinco años, y a muchos amigos les sucede lo mismo. Pero una combinación de circunstancias que me ocurrieron en la vida me condujeron a hacer la película. Hace cinco años quise librarme de acudir a la reserva y el Ejército me eximió del servicio. Pero puso una condición: debía acudir al psicólogo para contar todo lo que hice en el Ejército. Quizás hacían un experimento conmigo, pero me conmocionó porque nunca había contado mi historia". El director, nacido en Haifa en 1962, elude criticar a quienes no llevan a cabo ese ejercicio de introspección. "A muchos soldados les brota el recuerdo de lo que hicieron en filas 5 o 10 años después. Nunca sabes cuándo aflorará. Cada cual puede hacer lo que quiera. Es una cuestión personal", afirma Folman, que sueña con regresar, tal vez para seguir investigando en su conciencia. "Quiero volver a Líbano, pero no puedo". Ni Israel ni Líbano autorizan a sus ciudadanos a visitar el Estado aún enemigo.
Las bengalas lanzadas por soldados israelíes iluminaban el cielo de los campos de refugiados de Chabra y Chatila, arrabales inmundos de Beirut, para facilitar la carnicería perpetrada por los cristianos libaneses. Folman era uno de los uniformados que luchaba en la campaña militar libanesa, ignorante de que en aquellos instantes, en septiembre de 1982, los falangistas perpetraban una brutal matanza de mujeres, niños y ancianos en venganza por el atentado con explosivos que acabó con la vida del líder de las milicias cristianas: el carismático Gemayel. Los hombres armados de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ya habían escapado de Beirut. "Por supuesto que el Ejército israelí participó indirectamente. Los soldados no sabíamos lo que sucedía en Chabra y Chatila en aquel momento. Bastante teníamos con cuidar de nosotros y de nuestros muertos", dice el director.
Cuelgan pendientes de sus orejas, lía cigarrillos, contesta siempre con respuestas concisas e intercala comentarios sobre fútbol. Es seguidor del Liverpool y admirador del Athletic de Bilbao: "Me gusta su temperamento y que no cuente con jugadores extranjeros". Podría ganar Folman premios en un concurso sobre este deporte. Aunque más en su campo. Ya ha cosechado con Vals con Bashir galardones tan relevantes como el Globo de Oro y compite ahora para lograr el Oscar de Hollywood como mejor película de habla no inglesa. Si gana la estatuilla dorada, en Israel le aguardará una alfombra roja a la que no parece muy adicto.
"Me conmovió cómo el Gobierno israelí y el establishment apoyaron la película. Entiendo que pretenden demostrar que este país es plural, y de paso que el Ejército no ejecutó la masacre. Cuando presenté la película en el Festival de Cannes, mucha gente no sabía que los israelíes no dispararon directamente contra los palestinos en Chabra y Chatila", precisa el artista antes de añadir: "El Gobierno me ha enviado a promocionar la película por todo el mundo. No todo es malo. Esta sociedad es mucho más abierta y libre que las de los países vecinos". No hay duda al respecto. El mimo que le dispensa no es impedimento para que lance críticas feroces contra los gobiernos israelíes y su intransigencia a la hora de negociar.
"Si hubiéramos elegido hace tiempo a un socio entre los suníes de Líbano", enfatiza Folman, "podríamos haber hecho la paz. Es con los religiosos con quienes podemos conseguirlo. Pero Israel siempre escoge a los socios equivocados. En Líbano, elegimos a los cristianos y ya ves lo que sucedió. También optamos por la Organización para la Liberación de Palestina. Otro error. Había grupos musulmanes con los que negociar. Hoy tenemos a Hamás. Soy partidario de dialogar con ellos. Éste es un conflicto sobre un estúpido trozo de tierra. Pero nunca hemos hablado con ellos. Jamás les hemos dado una oportunidad".
Con ancestros en una familia polaca originaria de Lodz, supervivientes del Holocausto, el director recapacita cuando se dispone a contestar a la pregunta: ¿conocen los israelíes su historia? "Mucha gente la ignora. O dicen que lo que le han explicado es la historia, que las fronteras cambiaron... Otros muchos sí que la conocen, pero eso no cambia su mentalidad". Probablemente en este segmento de la audiencia se encuadran los espectadores que abandonaron la sala al poco tiempo de comenzar la proyección, poco después de su estreno en Jerusalén. "Creo que Israel debe aprender del Holocausto, pero no obsesionarse. Debe aprender del pasado. Los judíos no hemos sido cazados desde entonces nunca más. Los nazis son historia. No hay amenazas como aquélla. Es cierto que ahora hay amenazas diferentes, pero Israel es ahora un país fuerte, con gran apoyo internacional. Es verdad que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, está loco. Pero son una minoría a la que no debemos dejarle el escenario. Estoy seguro de que la gente desea una vida normal, también en Gaza".
En opinión de Folman, los gobernantes hebreos tampoco atinan en la diana. "El problema de Israel es que invierte el dinero en tanques y en colonias (en territorio ocupado). Yo creo que se puede alcanzar un acuerdo con los palestinos, es sólo cuestión de liderazgo. Sin embargo, ahora no veo a ningún dirigente israelí capaz de hacerlo. A la gente que mamó su ideología en casa es a la que más le cuesta cambiar. Y eso es lo que le ocurre a Tzipi Livni. La gente educada en la ideología es un desastre". No alberga Folman demasiadas razones para la esperanza. La ministra de Exteriores es hija de un alto oficial del Irgún, el movimiento clandestino hasta la fundación del Estado y a cuyo líder, Beguin, tildaron de "fascista" sus rivales laboristas muchos años después. Benjamín Netanyahu también es hijo de un historiador fiel a las tesis más derechistas, y el candidato del Laborismo, Ehud Barak, es el militar más laureado de la historia de Israel. "Es terrible que los ex militares rijan el país. No saben lo que es la democracia. Sólo saben dar órdenes".
Al concluir la cinta, imágenes reales de la masacre de unos 1.700 inocentes palestinos son el punto final al relato animado. No vaya a ser que alguien piense que todo es fruto de la imaginación del artista. "Las guerras son estúpidas. No sirven para nada. Creo que todo lo que se haga para evitarlas es bueno. Quiero que mis líderes hagan todo lo posible por impedirlas, pero no lo hacen. Para ellos, la pérdida de vidas es parte de la vida", comenta el cineasta. "No hemos aprendido nada", prosigue. "Tenemos unos líderes inútiles. Mira la segunda guerra de Líbano, en 2006. Es un déjà vu". En aquellos días de julio de 2006, Folman se fugó. "Me escapé a una isla griega con mi esposa y mis tres hijos. Sólo regresé cuando había terminado". Nunca hay punto final. En Cisjordania, y sobre todo en Gaza, el macabro vals continúa. -
Vals con Bashir, de Ari Folman, se estrena en España el próximo viernes, día 20. El filme ha conseguido el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa, categoría para la que también opta a los Oscar, cuya ceremonia se celebra el día 22. Canal + estrena la película en junio.
Mirar y escuchar: el cine de James Benning

Blog Libro de notas
El Lago Michigan, el Gran Lago Salado, el Lago Hiamna, el Lago Okeechobee, el Lago Pontchartrain, el Lago Rojo, el Lago Champlain, el Mar Salton, el Lago Powell, el Lago Winnebego, el Lago Flathead, el Lago Goose y el Lago Moosehead. Trece planos estáticos de diez minutos cada uno con la línea de horizonte dividiendo la pantalla en dos partes exactas, mitad agua, mitad cielo. No hay relato, no hay presencia humana directa, tan sólo un barco aquí o un tren allá; el único protagonista de la película es el paisaje. La que nos hace James Benning en 13 Lakes es una propuesta esencialmente contemplativa, sí, pero no basta con tener los ojos abiertos: hay que mirar y escuchar para comprender.
En la filmografía del cineasta de Wisconsin hay muchas piezas que responden a una estructura extremadamente cerebral, definida por reglas muy estrictas. Con Los quiso ofrecernos su particular visión de la ciudad de Los Angeles mediante 35 planos de dos minutos y medio. Para Utopia tomó prestado sin permiso todo el soundtrack de un documental de Richard Dindo sobre el Che Guevara y lo montó con imágenes desérticas de México y el sur de los Estados Unidos. En 1977 rodó en su Milwaukee natal One Way Boogie Woogie, un film de sesenta minutos armado a base de planos fijos de escenarios urbanos y industriales; chimeneas, coches, edificios y aceras asomaban en una película que pretendía reflejar el decaimiento de un territorio. Veintisiete años después, el director volvió a los mismos lugares y repitió la experiencia en un ejercicio fascinante de observación del paso del tiempo y las transformaciones que trae consigo. En Ten Skies se valió nuevamente de planos fijos de diez minutos para mostrarnos el cielo que observa desde su hogar en la pequeña villa de Val Verde, en California. Diez cielos afectados por las condiciones atmosféricas y ambientales de las tierras que se extienden por debajo de ellos; diez secuencias que nos regalan una inspiradora reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza.
James Benning combina una intensa voluntad de analizar el valor de la imagen y la narrativa fílmica, con elementos mucho más íntimos y personales relacionados con su propia experiencia biográfica (de ahí el retrato incansable de los escenarios que ha conocido a lo largo de su vida) y con su concepción estética, incluso poética, del paisaje y de su contemplación, entendida como un ejercicio intelectual y emotivo. En sus películas nos obliga a mirar y a escuchar, consciente de que cualquier escena puede ser apasionante si le dedicamos la suficiente atención. Pero mirar y escuchar no es un entretenimiento intrascendente y banal. Para Benning mirar y escuchar es un acto político, pues la forma en que percibimos el mundo refleja inevitablemente nuestros prejuicios como individuos.
Cineasta radical, independiente y vanguardista, James Benning vive completamente apartado del sistema comercial y no parece tener tampoco mucho interés en dar a conocer masivamente sus trabajos, que ni siquiera han sido editados en DVD, y pese a ello hoy por hoy es una figura venerada en todo el planeta, objeto de atención de los festivales abiertos a las producciones menos ortodoxas (BAFICI, FICCO). El Museo del Cine de Austria acaba de dedicarle una completísima retrospectiva que incluyó también sus trabajos de los 70, piezas de dos o tres minutos en muchos casos que apenas han conocido difusión. En el ciclo se proyectaron sus dos nuevas películas, Casting a glance, que rinde tributo al Spiral Jetty del artista Robert Smithson, y RR, que recorre Estados Unidos entre caminos de hierro y trenes que pasan.
En España la veda la abrió en 2006 el Zinebi y el Museo Guggenheim de Bilbao, pero en cualquier caso sigue siendo un director extremadamente poco conocido, cuyas películas (y sólo unas pocas) circulan de mano en mano transmitiendo asombro pero también la insatisfacción de no poder acercarse a ellas en las condiciones que serían deseables. Dejamos para otro momento el absurdo debate sobre cuál es el lugar apropiado para la exhibición de un cine tan atrevido y experimental como el de James Benning, si los museos de arte contemporáneo o las filmotecas, porque el verdadero problema es que ni unos ni otras suelen arriesgarse a programar esta clase de obras.
jueves, 12 de febrero de 2009
La clase

EL PAÍS-País Vasco
11 de febrero de 2009
Belén Altuna
Todos no somos profesores, pero desde luego somos o hemos sido alumnos. Todos hemos participado en las diversas ceremonias de la enseñanza y el aprendizaje, aunque es probable que no hayamos meditado mucho sobre sus misteriosos mecanismos. Ahora el (buen) cine nos proporciona una oportunidad de observar, a través de una mirilla privilegiada, el desarrollo de una clase con una veintena de alumnos de catorce o quince años, a lo largo de un curso académico. Estoy hablando de La clase y, desde luego, les recomiendo que vayan a verla antes de que desaparezca de los cines. No me cabe duda de que interesará a los profesores, a los padres de adolescentes y a cualquiera que tenga una mínima inquietud humanista.
La película, dirigida por Laurent Cantet, está protagonizada por François Bégaudeau, autor del libro que da origen al guión y que se interpreta nada menos que a sí mismo: un joven profesor de lengua francesa en un instituto multirracial, microcosmos de la Francia actual, aunque con pequeñas variaciones retrataría igualmente cualquier otro instituto contemporáneo (público, al menos) del ámbito occidental. Sin salir apenas de entre los muros de las aulas, el espectador asistirá a una especie de partido de tenis dialéctico. A la izquierda de la pantalla, un profesor que intenta desarrollar lo mejor posible su labor educadora; a la derecha, unos alumnos que exploran otras vías de escape y diversión. Un pulso permanente que no tiene un claro ganador.
Otro profesor de instituto (esta vez de Madrid), José Sánchez Tortosa, escribió recientemente un estupendo libro (El profesor en la trinchera. La Esfera de los Libros), donde relata ese mismo ambiente, protagonizado por la tiranía de los alumnos (y en muchos casos, por los padres que los apoyan) y las frustraciones de los profesores. La cuestión no es sólo que éstos hayan perdido parte de la autoridad de la que gozaban anteriormente, sino que, en muchos casos, la hayan perdido completamente. Como modelos de conducta para los jóvenes de hoy, en comparación con las estrellas de la tele, la música o el deporte, los profesores "deben de estar en el último lugar, sólo superados, tal vez, por los curas y los árbitros de fútbol", afirma el autor. El profesor se ha convertido en tan humano y tan cercano que sus supuestos defectos a menudo suelen ser aireados alegremente en el aula. A veces resulta invisible (cuando entra en el aula nadie le hace caso, como si no existiera), a veces un bufón, a veces un enemigo, a veces un "fascista".
Esa autoridad que ya no se da por supuesta, ha de ganársela. La clase expone entre otras cosas esa nueva situación, impensable unas décadas atrás. Propone igualmente un tipo de profesor que algunos considerarán, tal vez, demasiado dialogante. Su tarea, como reza el viejo dicho, sin embargo, nos incumbe a todos: "Para educar a un solo niño se necesita a toda la tribu".
domingo, 1 de febrero de 2009
Entre muros

EL PAÍS-Catalunya
22 de enero de 2009
Joan Subirats
Uno de los elementos tradicionales de debate cuando se habla del mundo de la enseñanza es que todos los grandes proyectos de reforma o de cambio han de pasar por esa gran prueba de fuego que es el interior de la clase. De alguna manera se asimila lo que ocurre entre los muros de una clase a la privacidad de un hogar. El film de Laurent Cantet La clase, Palma de Oro del Festival de Cannes, nos permite entrar en ese mundo especial de relación personal y formativa que constituye un curso de Lengua Francesa en un instituto de secundaria de un barrio periférico de París, a lo largo de los meses que dura un curso, de septiembre a junio. La repetición cotidiana de esos 55 minutos en que transcurre la clase nos permite asistir a la tensión, la alegría, la violencia, las ilusiones y decepciones de un conjunto muy diverso y heterogéneo de adolescentes. Al mismo tiempo asistimos a cómo gestionan y viven esa cadena de acontecimientos y sensaciones un grupo también diverso y heterogéneo de profesores, que tratan de discernir el grado de rigidez y flexibilidad con el que han de aplicar a diario reglas, rutinas y procesos, mientras expresan emociones, rabia, impotencia o simple profesionalidad. Como ocurría con el filme Etre et avoir, el seudodocumental encarnado por el profesor López en una aula unitaria perdida en el Macizo Central francés, se nos invita a observar el ritmo especial del rito formativo. Con menos naftalina pedagógica que en el filme citado, el profesor Marin, alias del protagonista, François Begaudeau (profesor y autor del libro en el que se basa el filme, libro disponible ya en catalán y castellano), nos muestra un peculiar estilo formativo, más centrado en el diálogo y en el tratar de que el aprendizaje de la lengua se base en las experiencias vitales de los alumnos, que en los protocolos más frecuentes. No hay heroicidad ni paternalismo en la labor que nos muestra el profesor. Se dan errores y fracasos, tensiones y desencuentros, pero también pequeñas victorias y significativos avances.
La cámara no es complaciente. Nos invita a ver la clase como un espacio de pugna, de constante fricción, mejor o peor canalizada. Los alumnos expresan su rechazo a lo que entienden como simples ejercicios jerárquicos o poco comprensibles, piden constantes explicaciones o simplemente dejan pasar el tiempo, buscando pequeñas alternativas a su encierro. La tan cacareada diversidad (étnica, cultural, familiar, de vestimenta o de momento vital) explota ante nuestros ojos y exige constantes esfuerzos de comprensión, reconocimiento y gestión por parte del profesor. El trabajo de los jóvenes es extraordinariamente real, fluido, sentido, mostrando la gran labor de aprendizaje que el equipo ha realizado con los voluntarios, alumnos reales de un instituto, a lo largo de muchos meses. Me ha recordado el también extraordinario filme de Kechice L'esquive, por su capacidad de dejarnos ver cómo trascurre el tiempo, concediendo espacio a las cosas que lo merecen, como ocurre, por ejemplo, en el caso del comité de disciplina que debe decidir la expulsión de un alumno, ante una madre que no entiende nada y a quien nadie traduce nada. Parece un documental, pero estamos ante una ficción que busca documentar.
¿Qué conclusiones sacar de ese mirada indiscreta al sanctasanctórum de la experiencia educativa? El filme no pretende realizar un análisis crítico o un balance sobre la situación de la enseñanza en Francia. Se limita a mostrarnos el tipo de cosas que ocurren en esos sitios especiales llamados institutos, en los que los nuevos adolescentes se enfrentan a un sistema que no los entiende o no los reconoce. Hay más adolescentes que antes en unos institutos a los que antes muchos ni llegaban. Esos adolescentes no encajan bien en una concepción educativa que los ha definido como "lugares sin saber", una concepción que sigue pensando que detrás tienen una familia que cumple con su parte del contrato educativo tradicional, y que entiende a la escuela como el lugar (como dice Narodowsky) en el que se dosifican saberes y haceres, gradualidades y normalidades. La posición de alumno se basa en su condición de infante, de menor, sea cual sea su edad. El filme nos muestra a un profesor que vive en tensión la necesidad de cumplir la misión que se le ha encomendado y al mismo tiempo la emergencia de saberes y habilidades propias de los alumnos (expresión vía imagen o nuevos formatos musicales) que no encajan en aquello previsto. El instituto está lleno de reglas cuyo cumplimiento varía en función de quién las aplica y de la coyuntura. Constantemente vemos en el filme desviaciones, convenciones, transgresiones, normalidades, que van y vienen, como los alumnos expulsados y reingresados de un centro a otro.
Desde mi punto de vista, el gran acierto del filme es no darnos recetas, sino sugerirnos que tenemos enfrente el gran reto de convertir esos lugares de reglas en espacios donde la subjetividad de los alumnos pueda expresarse. Muros que acojan modos de ser profesor y alumno, que consigan recoger formas más amplias y distintas de las actuales de hablar, de pensar, de moverse, de emocionarse, de oponerse, de transformarse, de saber. La última imagen de la película es el aula vacía, a final de curso, con las sillas desordenadas y los pupitres en ese orden que obliga a la jerarquía y a la tensión. Una clase vacía como vacía se siente la alumna que, unos planos antes, aborda al profesor y le manifiesta su desesperanza ante su total falta de aprendizaje y su voluntad de no ser excluida. Por mucho que cambiemos las leyes y los planes de estudio, si no cambiamos la clase, si no abrimos ventanas en los muros, pocos avances lograremos.
Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.
sábado, 24 de enero de 2009
Clase magistral sobre el fracaso

EL PAÍS
16 de enero de 2009
Elsa Fernández Santos
Se estrena la película francesa que ganó la Palma de Oro en Cannes - Laurent Cantet, su director, rodó con alumnos de un instituto
La primera escena de La clase, la película francesa que logró la Palma de Oro del último festival de Cannes, es la de un hombre que se toma un último respiro antes de la batalla. Una batalla, sin duda, por la que merece la pena resistir: la que cada curso se fragua en el aula de un instituto, donde un profesor de lengua se enfrenta a adolescentes de diverso origen, pelaje, inteligencia y destino. Entusiasmo y desaliento a partes iguales. La película se proyectó el último día del festival y desde ese momento su efecto fue contagioso. El presidente del jurado, el actor estadounidense Sean Penn, resumió así una Palma de Oro unánime: "Ha sido un flechazo. Es el premio que todos buscábamos, una película en estado de gracia".
La clase es el cuarto largometraje de Laurent Cantet (Melle, Baja Sajonia, Alemania, 1961), un cineasta que siempre se ha inclinado por lo documental y que ha logrado devolver a Francia su más preciada corona cinéfila 21 años después de que Maurice Pialat provocara, en 1987, uno de los más sonoros pateos que se recuerdan por el premio a Bajo el sol de Satán.
Todo lo que se cuenta en La clase ocurre entre las paredes del instituto durante los meses de un curso escolar. Cantet creó un taller de trabajo con los alumnos antes de seleccionar a los que formarían el equipo definitivo y rodar, con cuatro cámaras, lo que ocurría entre ellos y su profesor, François Bégaudeau, que se interpreta a sí mismo en un filme basado en su libro Entre los muros. "Éramos un equipo y esa cohesión duró más allá del rodaje, se prolongó durante meses. Éramos uno y esa fuerza se respiró en Cannes. No había papeles grandes o pequeños, lo importante era el equipo. Y esa es la energía que se respira en la película". Cantet explica que la cinta recoge el conflicto entre profesor y alumnos porque los trata como iguales. "Buscaba los momentos de tensión dentro del aula y ver cómo se resolvían. Basta ya de tomar por idiotas a los adolescentes, son bastante más listos de lo que yo era a su edad. La agresividad del profesor es una forma de reconocer que los alumnos merecen ser tratados como iguales. Al provocarles les permite pensar. Aunque yo no diría que es agresividad lo que aplica con ellos sino ironía y verdad. Este profesor no es paternalista, no es como el de El club de los poetas muertos. Yo no quería un maestro que fuera un semidios, uno de esos que siempre tiene la respuesta adecuada. Me da pavor la ejemplaridad de las personas y de las situaciones".
Al hablar del cine francés y educación -de Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier, a La piel dura o Los cuatrocientos golpes, de Truffaut-, Cantet se queda con Jean Vigo y su Cero en conducta: "Tenía exactamente la clase de energía que yo buscaba para este filme. Cero en conducta habla precisamente de cómo en los errores de los adolescentes está lo positivo, es una película dura y pesimista pero está llena de realidad. Y sí, es cierto que La clase también es dura y pesimista, pero hay algo en ella que te dice que se puede esperar mucho de esas nuevas generaciones".
Nuevas generaciones que conviven entre los muros de un sistema con el que chocan frontalmente. "La escuela les integra pero también es, qué duda cabe, un lugar excluyente y discriminatorio, un microcosmos del mundo que les rodea. Ésa es una contradicción que siempre ha estado muy presente para mí. Es un terreno en el que se puede ganar todo pero en el que también perdemos todo. Y ahí está el valor de un profesor como éste, que sabe que su lucha merece la pena aunque siempre fracasará". "Francia", concluye el director, "es un país excluyente y discriminatorio en cuya esfera política hay muy pocos extranjeros. Un país multirracial en el que, por ejemplo, sería impensable la llegada de un Obama".
martes, 20 de enero de 2009
Crítica: Tan real como inquietante

EL PAIS
16 de enero de 2009
Carlos Boyero
LA CLASE
Director: Laurent Cantet. Guión: L. Cantet, François Bégaudeau, Robin Campillo. Basada en la novela Entre los muros, de F. Bégaudeau. Intérpretes: F. Bégaudeau y alumnos del Instituto Françoise Dolto. Francia, 2008. 128 minutos.
Cualquier cinéfilo adulto que haya sufrido el castigo de una educación desastrosa, de un sádico, legitimado e impune abuso de poder, siempre va a guardar en su retina las venganzas libertarias y poéticas de los que sufrieron el yugo como las que describían la maravillosa Cero en conducta, del irreemplazable Jean Vigo, y la incendiaria If, de Lindsay Anderson. Truffaut le devolvió la dignidad al casi siempre mosqueante profesorado narrando la épica labor del humanista Jean Itard para que un niño salvaje aprenda a comunicarse, acepte reglas, afiance su sentido de la justicia, descubra el placer, la utilidad o la necesidad del conocimiento.
Hollywood, con menos afanes didácticos pero sabiendo lo que exige la taquilla, también ha frecuentado con más trampas que verdad, con tesis convenientemente edulcoradas, con la convicción de que finalmente todo el mundo es bueno, las inicialmente conflictivas relaciones entre profesores y alumnos. Y afortunadamente, en los últimos años, directores más preocupados por la cruda verdad que por la tranquilizadora ficción, como Bertrand Tavernier en Hoy empieza todo, Zhang Yimou en Ni uno menos y David Simon y Ed Burns en la cuarta temporada de la serie de televisión The wire, se han propuesto extraer realidad y conclusiones duras de lo que ocurre o puede ocurrir en las aulas, de las relaciones entre profesores y alumnos, de la simbiosis entre las tensiones del mundo exterior y lo que sucede en el colegio, de la sufrida y frecuente imagen del educador que se toma en serio su trabajo, que a pesar de los pesares no se resigna a la derrota, a lanzar la toalla.
Laurent Cantet se suma con la excelente e inaplazable La clase (el título original Entre las paredes es más adecuado) a los que se han propuesto con éxito retratar el muy duro aquí y ahora en la problemática labor de enseñar y de aprender. Nada huele a impostura en esta película. Cantet adapta un libro del profesor Francis Bégaudeau, que interpreta a su propio personaje, en el que cuenta su experiencia a lo largo de un año en un instituto de la periferia de París, habitado por la multirracialidad, por los hijos de la inmigración o por nativos de clase baja lumpen, por alumnos negros que ejercen el racismo con los magrebíes y viceversa, por gente con recelo o desidia ante la autoridad que encarna ese tenaz profesor que se ha propuesto enseñar la asignatura de lengua a sus impuestos, indiferentes o agresivos parroquianos. No le amenazan con pistolas pero los estallidos de violencia entre ellos o contra él pueden ser muy fuertes, tienen sus días mejores y peores, hay listos, normales, tontos, retorcidos, limpios, traumados, osados, dóciles. Hay de todo, como en la vida, pero las posibilidades de que el verdadero profesional de la enseñanza sienta que ha logrado los frutos que se proponía y que los alumnos asuman que estar entre las paredes es gratificante o decisivo para su futuro, pertenecen al reino de la utopía.
Cantet narra esta historia sin solución y claustrofóbica con espíritu documentalista, plasmando la autenticidad de personajes y situaciones, haciendo que alumnos y profesores se interpreten a sí mismos, huyendo del efectismo, el discurso y la moralina. Y lo hace admirablemente, logrando que el espectador se sienta incómodo, testigo de algo que se parece excesivamente a la vida cotidiana.
sábado, 10 de enero de 2009
'La clase' disecciona en el cine los valores de la sociedad francesa

EL MUNDO
Madrid. 9 enero de 2009
Héctor Llanos Martínez
La clase, la última ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes, parece fruto de la improvisación. Pero la suya es una improvisación muy estudiada, con la que el cineasta Laurent Cantet muestra el microcosmos vital encerrado entre las cuatro paredes de un colegio. Su intención no es otra que la de "proyectar una idea lo más fehaciente posible del mundo actual", explica el francés a elmundo.es.
La cinta, inspirada libremente en el libro de Francois Begaudeau y que llega a las salas españolas el próximo 16 de enero, retrata a un profesor, interpretado por el propio autor del texto, enfrentado a un grupo de escolares procedentes del multicultural distrito XX parisino.
"Él representa al hombre que se arriesga, al que se atreve a ponerse en entredicho y a cometer errores con tal de enseñar a sus alumnos", aclara el director.
Cantet y Begaudeau rodaron al mismo tiempo que construían de nuevo el guión, continuamente enriquecido por las aportaciones de los estudiantes reconvertidos en actores y tras más de un año de ensayos como fruto del taller de improvisación e interpretación, que generó una enorme complicidad en el grupo a la hora de enfrentarse a una cámara.
Este experimento dio como resultado "un reflejo de las tendencias y valores de la sociedad actual", asegura Cantet. Tras abordar la problemática laboral y familiar en 'Recursos Humanos' y 'El empleo del tiempo', el director galo se dio cuenta de que "nunca se ha dado la importancia suficiente a ese momento de la vida humana que es el colegio".
Pero La clase, compuesta por niños de diferentes razas y culturas, no tiene "intenciones pedagógicas", apunta, y sí intenta "mirar de un modo crítico a la sociedad francesa, que hace difícil la integración a los recién llegados".
Muchos de los estudiantes que aparecen en la película "se sienten tan poco deseados en el que es su país que se empeñan en aferrarse a la nacionalidad de sus padres, aunque sin querer abandonar Francia en ningún momento. Ese es el primer problema que se debe tratar si se intenta encontrar una verdadera cohesión social", apunta el director de 'Hacia el sur'.
El beneplácito de Cannes fue para Laurent Cantet "un gesto de que daba crédito a un cine hecho de un modo diferente, lo que me va a facilitar el camino para hacer las películas que quiero hacer y también para que existan las películas que quiero ver, cuando otros productores o realizadores comprueben que el riesgo de mi propuesta ha funcionado".
El francés no se muestra igual de convencido ante la posibilidad de que la Academia de Hollywood valore también a La clase, que representa a Francia en la carrera por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Las candidaturas se conocerán el próximo 22 de enero, aunque tras el éxito cosechado, Cantet se muestra poco preocupado por la estatuilla dorada.
jueves, 24 de julio de 2008
Un milagro de resistencia

Antonio Weinrichter
ABCD las artes. Madrid, 12 de julio de 2008, nº 858
El ciclo Paisajes del cine francés contemporáneo, organizado por Cahiers du cinéma España para el festival La Mar de Músicas, de Cartagena, ofrece una buena ocasión para revisar nuestras relaciones con el cine del país vecino. Lo que está en juego es nuestra cinefilia, o una forma de ella, pues no sólo existe la que venera a los maestros del cine clásico de Hollywood: me estoy refiriendo a la igualmente legítima cinefilia de la modernidad, encarnada de forma ejemplar en los escritos del llorado crítico Serge Daney y que ha tenido su más firme baluarte precisamente en «una cierta tendencia» del cine de autor francés, por parafrasear el título de un famoso artículo de Truffaut. Dicha tendencia ha demostrado tener, por cierto, una longevidad envidiable: piénsese que, del repóker de ases fundacional de la nouvelle vague, sólo nos falta el propio Truffaut, los otros cuatro siguen bien activos.
Club de veteranos.
Godard (aun relocalizado en Suiza) ha vuelto loca a la academia con las implicaciones poéticas y ensayísticas de sus Histoire(s) du cinéma. Chabrol continúa siendo un maestro del thriller perverso trazado con tiralíneas. Y Rohmer y Rivette muestran, aun en sus últimas incursiones de época, el mismo pulso contemporáneo y moderno de sus respectivas escrituras.Y eso sólo por lo que se refiere a los cahieristas devenidos cineastas, porque desde la orilla de enfrente aún nos regalan obras relevantes otros veteranos como Agnès Varda, Bertrand Tavernier, el gran Alain Resnais y Chris Marker, aun reconvertido en artista multimedia, y hasta Jean-Marie Straub, que ha sobrevivido a la muerte de su cómplice Danièle Huillet. Una nómina bastante impresionante de viejos no jubilados y no reconciliados con la posmodernidad: piénsese en lo que queda de los nuevos cines alemán, inglés o del español mismo y se verá más clara la evidencia del caso francés, un milagro de resistencia. Y no sólo por lo que se refiere a la duración de sus carreras -todos los mencionados las comenzaron hace más de medio siglo- sino porque seguir haciendo cine de autor puro y duro cuando la idea de la modernidad ya no cotiza en la bolsa del mercado cinematográfico adquiere el valor de un gesto resistente digno de Astérix. Hace un tercio de siglo que un personaje de Arthur Penn dijo aquella frase despectiva de que ver una película francesa era como ver crecer la hierba, pero cualquiera de estos galos ha tenido mejor carrera en su vejez que el cineasta americano.
Una sombra ominosa.
El problema que se plantea con este aguerrido club de veteranos de Buena Vista no es si el modelo que representa ha agotado lo que tenía que decir (parece que no, aunque quizá no resulte tan relevante como antaño), sino el de la sucesión. Todo cineasta francés surgido desde hace cincuenta años ha tenido que hacer carrera a su sombra. Hubo quienes supieron prolongar su legado, como el prematuramente desaparecido Jean Eustache (su La maman et la putain se vio como una especie de epílogo negro de la nueva ola), el ferozmente poético Leos Carax, el todavía activo Philippe Garrel, quien hace poco firmaba con Les amants reguliers una celebrada revisitación de la década gloriosa del mayo francés, o el menos estimulante Jacques Doillon; y hay quien ha seguido el proceso de sus mayores cahieristas como Olivier Assayas, si bien títulos como Demonlover se apartan de la línea canónica para reflejar las convulsiones de esta era audiovisual.
Recibimiento hostil.
Y es que algo ha cambiado también en el cine francés; su tradición autoral se empezó a ver desafiada por la llegada en los años 80 de una serie de cineastas que no querían saber nada del cine de escritura: Beineix (que dirige en 1981 Diva, el primer film posmoderno francés), Besson (El quinto elemento), Annaud (El nombre de la rosa) y así hasta la Amélie de Jeunet. No busquen estudios de sus carreras en las revistas de referencia: fueron recibidos con hostilidad pese a haber contribuido a mantener la envidiable cuota de pantalla doméstica del cine francés, junto a esas comedias que antes nos llegaban con regularidad y que tampoco cuentan mucho para la tradición crítica. No es cosa de defender visitantes del medioevo, solteros con biberón o cenas de idiotas, pero a uno le gustaría ver más comedias inteligentes como las que firma Agnès Jaoui (Para todos los gustos) o como las que le salían antes a Patrice Leconte (El marido de la peluquera). Pero, aun a la sombra ominosa de la nouvelle vague, la nómina de directores no cesa de renovarse en Francia, si bien la diferencia es que, como ocurre con el mismo cine comercial, sus obras nos llegan de forma muy errática.
¿Chauvinismo?
Es difícil seguirles la pista a directores establecidos y de larga carrera como André Techiné (que tuvo una etapa fascinante hace unos años, a partir de Los juncos salvajes), Alain Corneau o Jean-Claude Brisseau; o a descubrimientos fulgurantes como fueron en su momento Pascale Ferran (Pequeños arreglos con los muertos), Laurent Cantet (El empleo del tiempo) o, el más reciente, Nicolas Klotz (La question humaine). Otros cineastas como Claire Denis, Bruno Dumont o Arnaud Desplechin no han pasado aún a las salas de cine desde el circuito de prestigio de los festivales, pese a los elogios que reciben. Claro que puede parecer un caso de chauvinismo, como se dice siempre por aquí en torno a la selección francesa de Cannes; pero el ciclo propuesto por los cahieristas hispanos, donde conviven los viejos y los novísimos, puede servir para hacerse una idea cabal del estado de salud de la tradición francesa de autor.
sábado, 19 de julio de 2008
La moralidad de Leni Riefenstahl

Rosa Pereda
Babelia. El País, sábado 19 de julio de 2008
Su arte "era la perfecta expresión de la maquinaria de manipulación que glorifica". La biografía de Steven Bach revela su genialidad y exagera la mediocridad del personaje
Es verdad que Leni Riefenstahl negó siempre conocer la verdadera naturaleza del Tercer Reich y del nazismo. Que Mein Kempf fue uno de los pocos libros que leyó, eso sí, ostensiblemente y con mucha pasión. Que, a toro pasado, denunció el acoso a que la sometía Goebbels, con el que, sin embargo, cenaba, viajaba y se reunía en veladas a cuatro con la señora del jefe de propaganda y el propio führer. Que dijo en sus memorias que no era antisemita, lo cual no le impidió denunciar como judío a su amigo el guionista y director Béla Bálazs, para no pagarle unos pocos marcos, o dejar que su nombre y el de su incondicional Harry Sokal desaparecieran de los créditos de su primera película, La luz azul, precisamente por ser judíos. Y también es verdad que nunca negó su admiración por Hitler, que en la biografía escrita por Steven Bach se le revela de manera casi erótica, o sin casi, aunque también negó siempre haber mantenido relaciones amorosas con él, a veces porque él no se lo pedía, a veces porque ella no consentía. Tampoco niega la amistad de Albert Speer, el arquitecto que hace la puesta en escena de la que será la gran obra de Leni: el rodaje del congreso de Núremberg, cuyos discursos parecerán ya para siempre como hechos para el cine más que para la intervención política y que se montaron en dos documentales: La victoria de la fe y El triunfo de la voluntad. De este último se dice que bebe el género propagandístico, tanto el político como el comercial. Y a su rotundidad sorprendente se atribuye el mito del genio de Leni Riefenstahl.
Pero su historia más importante fue, sin duda, Olimpiada, la narración de los Juegos de 1938 en Berlín. Bach reconoce que este relato marca un antes y un después en la narración visual de los deportes, con sus osadas tomas y sus cámaras bajo el nivel del suelo, con el travelling a ritmo de corredor, la iluminación habilísima, y la captación de los atletas de modo que esos cuerpos dijeran más que todos los discursos sobre ese hombre físicamente perfecto que era el sueño superestructural de lo que se preconizaba como el nuevo humano.
Si Olimpiada y El triunfo de la voluntad, tan nietzscheana de título, aunque no creo que Leni leyera a Nietzsche, son sus obras reconocidas como revolucionarias -y, de dónde venían, lo explica muy bien Bach-, la más patética es Tierra baja, un dramón rural para cuyo rodaje, pensado para tierras salmantinas, utilizó a un grupo de gitanos presos, que luego fueron devueltos al campo, y cuyos pocos supervivientes y descendientes le dieron un montón de quebraderos de cabeza. Pero de eso -que duró hasta su centenario en vida en 2001- da buena cuenta el libro. Como la da de sus proyectos posteriores, sus años con los nubas en África y las fotografías memorables que les sacó, y los juicios políticos y civiles, y las querellas, y la mala fama, que le impidió hacer su película africana, Cargamento negro. Y ninguna otra. Si se exceptúa Impresiones bajo el agua, la cinta idílicamente submarina que ella misma, buceadora nonagenaria, localizó y rodó en el fondo del mar, y que estrenó con ocasión de su cien cumpleaños. Porque esta mujer, que tuviera aquella belleza rotunda y aquella osadía física, esa falta de miedos y esa especie de arrojo que le hicieron trepar montañas y esquiar bajo aludes, conservó en todo el siglo de su vida una fuerza notable. Cuando era una anciana magullada por los accidentes y las enfermedades óseas, seguía retando a la naturaleza y, naturalmente, a todos cuantos la rodeaban.
Steven Bach se ha empeñado en mostrarnos qué es lo que Leni quería, y de dónde -de quién y cómo- lo aprendió, así como los cadáveres -en sentido metafórico, de momento- que fue dejando detrás. Y yo creo que debe exagerar un poco en la mediocridad del personaje, en su escasa capacidad intelectual y su casi nula cultura, porque, sinceramente, si era tan tonta, ¿cómo pudo engañar y fascinar a tantos?, ¿hasta hoy? Preguntado de otra manera: ¿por qué escribir su biografía?, ¿por qué seguimos hablando de Leni Riefenstahl?
Steven Bach es un hombre de cine y de literatura. Su biografía de Marlene Dietrich -precisamente, la estrella alemana que, junto con Pola Negri y la sueca Greta Garbo, constituyó la pesadilla de Riefenstahl en su época de aspirante y actriz: ellas consiguieron Hollywood desde Europa- aclaró, entre otras cosas, la postura política del ángel azul, a quien se había acusado injustamente de connivencia con el nazismo. Y su libro, que podríamos traducir como La última toma, sobre La puerta del paraíso, la película más ambiciosa de Michael Cimino, cuenta, desde la perspectiva del productor -Bach era entonces un vicepresidente de la United Artists-, los avatares de un rodaje y varios montajes que debieron ser de infierno. Y que parece que supusieron, además de una enmienda a la totalidad del sueño americano, que eso lo traía puesto la película, un rudo golpe económico para la que había nacido como la productora de los directores. Aquí, según se viene a deducir al final, la biografía de Leni Riefenstahl, además de ser contracara y complemento de la de Marlene Dietrich -en el sentido de que Leni sí era nazi- completa ese intento investigador de Bach: veamos si el arte, y el cine es un arte, tiene un carácter moral. Y, por si acaso, abre este libro con una cita de aviso de Thomas Mann: "El arte es moral en cuanto despierta la conciencia".
La moralidad de Leni Riefenstahl, en el sentido fuerte de quien manipula cerebros, consiente crímenes, deja borrarse maestros, colaboradores y amigos a manos del sistema, y se enamora del monstruo, es el tema de esta indagación. La minuciosidad, la cantidad de argumentos, y más que argumentos, testimonios, es la fuerza de su mecanismo. Bach busca en el lector la certeza moral, y me temo que, superada la dificultad de un libro por otra parte apasionante, el lector termina pensando que, efectiva y lamentablemente, esta mujer que vivió 101 años resultaba ser bastante miserable.
Bach demuestra que no era un alma santa. Que era mentirosa e irredenta, que podía traicionar a sus amigos y les traicionaba por un plato de lentejuelas. Y que claro que sabía. Sólo que le importaba un rábano. Nunca, ni por un momento se arrepintió. Su arte, dice Bach, "era la perfecta expresión de la maquinaria de manipulación que glorifica". Y contestando a Susan Sontag, que decía lo que a mí me pide el cuerpo decir, añade que "...todo, desde la Guerra de las galaxias de George Lucas hasta El Rey León de la empresa Disney, pasando por todos los fotógrafos deportivos vivos, las ubicuas carteleras cargadas de erotismo, los diseños engañosos de las revistas y la política de los medios de comunicación, en todas partes del mundo, siguen inspirándose y corrompiéndose gracias al trabajo que Leni perfeccionó en Núremberg y Berlín con un visor que un historiador de cine sugirió, a modo de advertencia, que era "el extracorporal y ubicuo ojo de Dios". Y termina: Leni murió tal como había vivido: sin arrepentimientos, enamorada de sí misma y vestida con su armadura: la armadura de la mentira. Debe ser por eso que seguimos hablando de Leni Riefenstahl. -
Leni Riefenstahl. Steven Bach. Traducción de Beatriz López Buisán. Circe. Barcelona, 2008. 456 páginas. 29 euros.
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